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4º domingo de Adviento

Muy queridos hermanos y hermanas:

 

 

Quisiera compartir esta tarde tres reflexiones que nos ayuden a penetrar en el sentido de la liturgia que hoy celebramos.

 

 

La primera hace referencia a este tiempo de adviento ?Adventus?, al que viene; tiempo de espera a Aquél que viene. Durante la última semana de este tiempo, la Iglesia quiere intensificar esta espera y por eso la liturgia celebra lo que llamamos la semana mayor del Adviento, justo la semana que precede al tiempo de Navidad y terminará en la tarde del día 24. Hay una serie de oraciones en esa semana que vienen a expresar la esencia de este tiempo de espera. Para los que rezamos el Oficio de Vísperas, nos aparecen como antífonas del Magníficat, y en la Eucaristía aparecen como versículos del Aleluya. Son oraciones que tienen una estructura muy concreta pero con un corazón, un centro, una petición, con un verbo en imperativo: Ven. Es lo que pide la Iglesia en el tiempo de Adviento, y de modo más insistente en esta semana: Ven.

 

 

Esta estructura oracional comienza con una exclamación: ¡Oh! Por eso esta semana se ha llamado la semana de la Oh, y ha derivado en la semana de la Virgen de la O, la Virgen del Adviento, la Virgen de la Esperanza. Así pues, todas las oraciones empiezan con las exclamaciones de los títulos del Mesías, Oh Sabiduría, Oh Vástago de Jesé, Oh Adonai, Oh Sol de lo alto, Oh Llave de David, Piedra angular de la Iglesia, Oh Emanuel,? Es decir, la oración se dirige al Mesías al que se le pide: - Ven. Ven a nosotros, a nuestra vida. A cada invocación le sigue la expresión "ven".

 

 

Pero, ¿a qué tienes que venir? A la Sabiduría se le dice: -ven para enseñarnos el camino. Estamos como desorientados, como perdidos ¿Hacia dónde caminamos? ¿Hacia dónde camina la sociedad? Una especie de final de ciclo de algo, pero ¿hacia dónde caminar? Y por eso pedimos, Ven Sabiduría a enseñarnos el camino, enséñame el camino. Una segunda invocación dirá: -ven Sol para iluminar nuestra tiniebla, nuestra oscuridad. Las demás invocaciones tienen verbos similares. Ven a liberarnos, ven a rescatarnos, ven a redimirnos. Es decir, vienen a rescatarnos de algo que nos esclaviza, que nos quita la alegría, que mata nuestra vida. Será esa la invitación de los días que nos quedan para la Nochebuena: Ven Señor Jesús.

 

 

Cada uno podría pensar cuáles son sus oscuridades, sus miedos. Cuáles son sus extravíos, sus esclavitudes. Quizá nos dé miedo asomarnos a nuestro interior porque podemos ver tanta oscuridad y tanto abismo... Por eso pedimos al Señor que nos dé luz, que es Sol, que es Sabiduría, que es Tronco de Jesé, que es Piedra angular de la Iglesia, que venga a rescatarnos. Tenemos que presentarnos en el Portal de Belén con esos sentimientos, con ese deseo, con el pesebre abierto de par en par para que el Señor venga.

 

 

Viene a donarnos una novedad radical en nuestra vida; ésta sería la segunda reflexión. La liturgia nos ha vuelto a mostrar el conocido Evangelio de la anunciación a María. Nos damos cuenta de que se nos presenta algo totalmente novedoso. En primer lugar, nos habla de una virgen desposada. Bien sabemos que el matrimonio judío se realiza en dos etapas. Una primera que es el desposorio y una segunda que es cuando el esposo conduce a su casa y al tálamo a la esposa. En este caso, nos encontramos en el periodo intermedio. La Virgen estaba desposada pero aún no conocían varón, en sentido Bíblico, no cohabitaba con José. Aparece entonces el ángel Gabriel, que significa fortaleza de Dios. Le saluda de un modo muy particular. Un saludo que no conocían los judíos: Alégrate. Porque viene algo nuevo, inaudito. La Iglesia, en su peregrinar, ha penetrado en el misterio de la Concepción Inmaculada, en La que está llena de gracia. María, tú no eres pecadora, ni conoces la sombra del pecado. Eres llena de gracia. Toda santa, decían los orientales (Παναγιά). El Señor está contigo, bendita tú entre todas las mujeres.

 

 

 

María se estremece ante el saludo del ángel. El ángel comienza a describirle la novedad radical de la Encarnación del Señor: se va encarnar en ti el Mesías. Le muestra los títulos mesiánicos: el que va a nacer de ti será grande, se llamará Hijo del Altísimo, heredará el trono de David, reinará en la casa de Jacob, su reino durará eternamente y no tendrá fin.

 

 

 

Quien nace será Hijo de Dios porque concebirás del Espíritu Santo; ésta es la novedad, algo inaudito en la historia de la salvación. En el Antiguo Testamento encontramos mujeres que no concebían debido a su esterilidad. La madre de Sansón, esposa de Mano. El Patriarca Abraham y su esposa Sara. Zacarías hace concebir a Isabel de modo natural. Pero María no es estéril, ni concibe de modo natural de José, sino del Espíritu Santo. Esa es la novedad radical de Dios, del Evangelio. No es algo viejo que se actualiza sino algo inaudito; una virgen joven concibe. Encontramos también esa comparación entre la concepción de Juan bautista donde su padre Zacarías pide una prueba y queda mudo, incapaz de articular la lógica de la salvación. María, al contrario, no pide una prueba: ¿Cómo será esto? Aquí está la esclava del Señor. La falta de fe de Zacarías provocó en él la imposibilidad de comunicar el evangelio. Algo que nos pasa a nosotros: la falta de fe nos convierte en incapaces de comunicar el Evangelio, la falta de voz -como tenía Zacarías-.

 

 

 

Alguien puede pensar que una virgen conciba del Espíritu Santo es algo excesivo. Cierto que es excesivo, al igual que Dios se haga hombre. Más que excesivo -diríamos-, impensable. Dios nacido en Belén de una Virgen; ésta es la novedad radical del Evangelio, que el Señor viene a traer a este mundo. Así pues, Dios envía al Ángel Fortaleza. Para llevar adelante este misterio de salvación, que también es misterio de sacrificio y de cruz, es necesaria la fortaleza.

 

 

La tercera reflexión me gustaría referirla hoy a nuestros hermanos Álex y Miguel Ángel que reciben el rito de admisión a las órdenes sagradas. Me venían a la memoria las palabras de santa Teresa de Jesús, ahora que celebramos el quinto aniversario de su nacimiento. Decía la santa de Ávila: en tiempos recios se precisan amigos fuertes de Jesús. Los cristianos de hoy tienen que ser amigos y amigas fuertes de Jesús para ir contracorriente. Para alumbrar la novedad del Evangelio en un mundo envejecido, en un mundo viejo. Y los sacerdotes tienen que ser amigos fuertes de Jesús. Hoy dais el primer paso en vuestro camino hacia el Orden sagrado, ministerio de servicio a imagen de María: aquí está la esclava, la servidora. Os hace falta ese don de fortaleza. La Iglesia nos dice que este rito de admisión se recibe cuando el propósito ha sido ya madurado y contrastado con los formadores. Vuestro propósito inicial ha ido teniendo ya forma y ha sido contrastado con los formadores, y ellos os presentan ante la Iglesia para que la Iglesia os llame a prepararos con mayor profundidad, mayor responsabilidad para desempeñar mañana el ministerio presbiteral. Por eso hoy pedimos al Señor para vosotros el don de esa fortaleza. Vosotros debéis responder con el salmo que hoy nos presenta la liturgia: cantaré eternamente las misericordias del Señor. El hacernos sacerdotes, el ser llamados a este ministerio, es una misericordia infinita del Señor; un regalo inmenso de Dios.

 

 

Que la Virgen María, en este tiempo de preparación, os acompañe y, a todos nosotros, como diremos en el prefacio: "María esperaba con inefable amor de Madre". Que también nosotros esperemos con amor inefable la venida del Señor en la noche santa de su nacimiento. AMEN.

 

 

X Mario Iceta