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homilía V domingo de Cuaresma

Muy queridos hermanos hermanas:

 

Este último domingo de cuaresma nos centra en aspectos esenciales de lo que es la Semana Santa, como misterio de la muerte y resurrección de Jesús, como misterio de amor. No podemos comprender la muerte y la resurrección si no estamos persuadidos que es expresión suprema del amor de Dios, que el Señor se entrega por amor al Padre y por amor a nosotros. Es lo que nos han querido decir las lecturas de hoy sobre las cuales quisiera compartir tres breves palabras.

 

La primera nos hablaba de una Alianza desconocida para el pueblo judío. El pueblo judío había vivido diversas Alianzas por iniciativa de Dios: con Noé tras el diluvio, con Abraham, con Israel, con Moisés... Como rasgo común, Dios protegía al pueblo, cuidaba de él, el más pequeño y frágil de la tierra. La contrapartida del pueblo era que éste cumplía la Ley, el decálogo que Dios le había dado. La experiencia continua sin embargo, manifestaba que esa Ley era quebrantada siempre por el pueblo; seguía adorando a los ídolos, no amaba Dios, se amaba a sí mismo,? es decir, quebrantaba continuamente la Ley. Precisamente la palabra misericordia en el Antiguo Testamento significaba que, siendo el pueblo infiel, Dios es siempre fiel y restablece la Alianza. En la primera lectura de hoy, Jeremías nos habla de una Alianza nueva, en cierto modo extraña: Yo ya no voy a daros una ley como las tablas de la ley; Yo os voy a ?meter la ley en el pecho?, voy a ?inscribir la ley en vuestro corazón?, habla de una ley interior. Esto nos recuerda cuando Jesús dice a la mujer samaritana: Quien crea en mí ?de su interior surgirá un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna?. Después, la tradición de la Iglesia ha interpretado ese surtidor como la presencia del Espíritu Santo. La Ley no se da nuevamente en unas tablas sino en una efusión del Espíritu Santo. También Jesús dirá que ?quien me ama el Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él?. Dios  no sólo nos ayuda exteriormente, mediante la ley, sino también interiormente. Nos da ?un corazón nuevo? como hemos cantado en el salmo que responde a la primera lectura: Dios nos dará un corazón puro, un corazón renovado por el Santo Espíritu donde habita en nosotros la gracia y que se nos dio el día de nuestro santo bautismo. De hecho, el don de la Pascua es el Espíritu Santo: Es el Espíritu Santo Quien resucita a Cristo de entre los muertos. Es el Espíritu Santo Quien edifica la Iglesia. Es el Espíritu Santo Quien nos hace miembros de la nueva creación y nos da la vida de Cristo. Yo os daré esa ley en vuestros corazones, es la profecía que hemos escuchado en la primera lectura de Jeremías.

 

El evangelio precisamente nos habla de la petición que hacen los griegos a Felipe. Bien sabemos que había unos judíos de la diáspora para quienes se había traducido el Antiguo Testamento en una versión llamada de los LXX. Estos griegos vienen también a la Pascua de Jerusalén pues habían oído de Jesús. Se acercan a Felipe y le hacen una petición que va más allá de su propio interrogante: ?Señor, quisiéramos ver a Jesús?. Es el deseo fundamental del corazón humano: queremos ver a Jesús porque nuestro corazón lleva la huella de Jesús. Lo dirá San Pablo: ?todo fue creado por Él y para Él?. También nosotros somos imagen de Cristo. Por eso, nuestro deseo profundo es encontrarnos con nuestro origen que también es nuestra meta: el Alfa y Omega, con Aquél que nos llama y nos mueve, que se traduce en nuestros deseos de bien, de inmortalidad, de felicidad. Esa es la expresión del ruego ?quisiéramos ver a Jesús?. Todos quieren ver a Jesús.

 

Jesús dice cuál es el modo de poder verle; ser como Él, entregar la vida. ?Si el grano de trigo no cae y muere queda infecundo pero sí cae y muere da mucho fruto?. Nos está diciendo que para poder vivir hay que entregar la vida. El fin de nuestra vida es entregarla para poder vivir una vida nueva. Es precisamente lo que hace Jesús. Así pues, en nuestra vida no es tanto cómo yo voy a ser feliz, qué voy a hacer para ser feliz. Cuando uno está muy ocupado en salvar su propia vida siempre aparecen frustraciones porque nunca alcanzamos totalmente los anhelos que tenemos o las metas que nos proponemos, no llegamos a alcanzar plenamente las metas físicas, psicológicas, de trabajo, de posición social... Y por eso podemos caer en la realidad de vivir en una constante frustración. La cuestión fundamental realmente es otra: cómo hacer felices a los demás. ?El que quiera servirme, que me siga? -nos ha dicho el Señor- y ?donde esté yo, allí también estará mi servidor?. Servir a Jesús, servirle en el prójimo, es el principio del grano de trigo que cae y muere.

 

Por eso, en el matrimonio la pregunta no es cómo voy a ser feliz, si no cómo puedo hacer feliz a mi cónyuge y a mis hijos. Del trabajo, la pregunta no es cómo puedo yo escalar, ganar más, sino cómo puedo realizar mejor mi trabajo para el Señor, para su gloria y servicio. En la vida social no es cómo puedo yo reír mejor y pasármelo mejor, sino cómo puedo hacer que los demás sean más felices. Cómo puedo visitar a los enfermos, a los ancianos, cuidar de mis amigos, compartir lo que tengo con los pobres... Cómo puedo yo morir a mí mismo para vivir la vida del Señor que es darnos a los demás.

 

Esto me lleva a la última reflexión de la Carta los Hebreos en un fragmento con tres verbos hoy en día insoportables: ?aprender, sufrir, obedecer?. ?Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer?. La base para entender esta expresión es la perspectiva del amor. Pensad cada una de las personas que más queréis y más amáis. Cómo uno está dispuesto a aprender para amar mejor a la otra persona. Uno está dispuesto a sufrir para entregarse mejor. Esta deseando de obedecer para amar con el corazón grande. Jesús aprende sufriendo a entregar su vida como Dios verdadero y hombre verdadero que es. Quiere obedecer al Padre para borrar la desobediencia de Adán. Desde Adán la humanidad es un ?no?: no obedeceré, no amaré, no perdonaré. Con Cristo, la humanidad es un ?si?. Si obedeceré, si amaré, si seré misericordioso, si perdonaré, si me entregaré. Ahora bien, esto no se hace sin sufrimiento. Muchos que me escucháis seguramente lleváis años de matrimonio o de vida profesional. Me gustaría que pensarais ¡cuántos sacrificios! No conozco a nadie que quiera llevar bien su vida que no haya sufrido y se haya sacrificado. La vida matrimonial conlleva muchas renuncias personales por hacer feliz al otro. ¡Cuánto sacrificio supone la educación de los hijos! Pero merece la pena porque los hijos son lo que más amamos. Hacemos sacrificios aceptados voluntariamente porque nos entregamos. Aquél que no está dispuesto a sacrificarse, ni a aprender, ni a obedecer, en el fondo no está dispuesto a amar, no está dispuesto a entregar la vida. Por tanto, el resultado es el fracaso vital, la frustración. Nuestra libertad tiene que hacer esa experiencia; vivir no es una broma, no es el cuento de Blancanieves. Es entregarse con momentos de profunda alegría, pero también con momentos de gran esfuerzo y renuncia, de sacrificio. Así se hace la vida grande y así nos lo ha enseñado Cristo. Cristo no vivía como Herodes que era un frívolo metido en palacio pidiendo a Jesús que le realizara un milagrito. La vida de Jesús fue de entrega y de sacrificio, pero vida plena que es lo que hoy nos ofrece.

 

Pidamos al Señor que sea el amor la clave de nuestra vida: obediencia, sacrificio, aprender, entregar, morir a sí mismo, servir. De esta manera la vida la habremos recuperado. Será nuestra vida la Vida del resucitado, la vida de Jesús que nos lleva con Él para siempre. Pidamos esto al Señor que nos da la vida por intercesión de la Virgen María para celebrar con profundidad los misterios de la Semana Santa que el próximo domingo vamos a  inaugurar. Amén.

 

+ Mario Iceta