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Homilía V domingo del Tiempo Ordinario

Muy queridos hermanos y hermanas:

 

Hemos escuchado en la primera lectura un fragmento del libro de Job donde se nos muestra la dureza de la vida del hombre justo. Es este misterio de cómo es posible que ciertamente las personas justas como ésta ante Dios puedan experimentar esa soledad, esa zozobra de la que habla el texto: ?Estamos en la tierra para cumplir un servicio, somos ante ti esclavos. Paso la noche dando vueltas en torno a mí. Los días se esfuman como el aire?. También la literatura sapiencial, el libro de Qohelet, el libro de la Sabiduría relatan experiencias similares; esas frases que todos conocemos: ?Todo es vanidad, todo pasa, tiempo de sembrar, tiempo de recolectar, tiempo de reír, tiempo de llorar?.

 

Ciertamente la vida sin sentido sería un sufrimiento para el hombre porque no entendemos la razón de ser de nuestra existencia. Menos aún entendemos los momentos oscuros; necesitamos que alguien haga inteligible nuestra vida y la llene de sentido. Ciertamente uno de los grandes sufrimientos de hoy, junto con la soledad, es la falta de sentido de la vida. ¿Por qué me levanto cada mañana? ¿Merece la pena esforzarse en el trabajo? ¿Merece la pena perdonar, ser generoso? O realmente uno tiene que terminar el día como pueda con esa máxima romana ?carpe diem? (aprovecha el tiempo que todo pasa). Necesitamos un sentido y la vida tiene sentido. Todo ha sido creado imagen de Cristo el Señor, y Él es el que hace inteligible las cosas y quien hace inteligible nuestra vida.

 

Hemos comenzado este año litúrgico hace poco. Hoy es el quinto domingo del Tiempo Ordinario el que nos acompaña. Es el tiempo de san Marcos como ya apuntamos, un evangelio muy conciso. Vimos el domingo pasado cómo el Señor expulsa demonios y la gente exclama: - Qué es este enseñar con autoridad; hasta los demonios le obedecen. Hoy hemos visto que saliendo de Cafarnaum cura a la suegra de Pedro, expulsa a los demonios, cura a los enfermos... Dios muestra su impaciencia por alcanzar nuestras vidas, por mostrar su amor. El evangelio de hoy es un tanto atropellado: el Señor sale de la sinagoga, cura, se va a orar... Le dicen: -Te está buscando todo el mundo. Responde: -Vámonos de aquí porque también tengo que predicar en otros lugares. Y señala: -Para eso he venido, para eso he salido. Para eso he salido del seno de la Trinidad y me encarnado. Para mostrar de modo humano a los hombres y mujeres que su vida tiene sentido y es preciosa para mí. Yo la cubro con mi amor y la curo con mi misericordia. Son precisamente los gestos que aparecen hoy en el evangelio, es decir,  sanar, expulsar demonios y anunciar la Buena Nueva.

 

Esta labor de Jesús el Señor se prolonga en aquellos que son suyos por el bautismo pues hemos sido unidos a Él. Por eso, nuestra vocación fundamental es la de ser discípulos suyos y dejarnos transformar por Él, por su misericordia, y ser testigos anunciadores y edificadores de este amor con misericordia que Él nos muestra. En el Antiguo Testamento aparece Dios como misericordia. En uno de los salmos más preciosos, el gran hallel, donde el pueblo judío va narrando las maravillas que Dios ha hecho con él, añade el estribillo "porque es eterna su misericordia". Esto también podríamos decirlo nosotros: me llamaste a la existencia porque es eterna tu misericordia. Me diste unos padres porque es eterna tu misericordia. Me diste el don de la gracia del bautismo porque es eterna tu misericordia. Cada día me bendices con tantos bienes porque es eterna tu misericordia. La misericordia va más allá de la compasión que significa padecer con otro, tener los mismos sentimientos que el otro. Misericordia va mucho más allá; viene de dos términos latinos: misereor y cordis (un corazón que ve, que cuida la miseria del prójimo). Un corazón que tiene compasión y sale al encuentro para rehacer la Alianza, para rehacer a las personas. Podríamos decir que la compasión es pasiva mientras que la misericordia es activa pues se pone a obrar y a trabajar como Jesús: -Vamos, caminemos. Tengo mucho que hacer, muchos enfermos que curar, muchos demonios que expulsar, muchos lugares donde tengo que anunciar el Evangelio.

 

Esta obra de misericordia la prolonga con nosotros a través de sus santos. Hoy traemos a nuestra celebración la acción de gracias precisamente por una nueva beata de la Iglesia, la Madre Esperanza. Nacida en un pueblo de la campiña de Murcia en 1893. Fallecida un día como hoy, un 8 de febrero de hace 32 años, en 1983 en Collevalenza, después de haber fundado la Congregación del Amor Misericordioso. Después vinieron los Hijos del Amor Misericordioso. Ella pronto percibió en su vida que Dios es amor, misericordia. Ella quiso ser absolutamente dócil a esa misericordia de Dios que se transformaba y transfigurada en su vida. La mujer sencilla y humilde con pocos recursos. Es precisamente el Señor quien elige a personas sencillas para realizar su obra. Así nos dice el prefacio de los Santos: ?Te alabamos Padre porque Tú manifiestas tu gloria en la asamblea de los santos y al coronar sus méritos coronas tu propia obra?. El Señor se manifiesta en el colegio de los santos, en la comunión de estos hijos e hijas que han hecho de su vida una transparencia de Dios. Cuando Él corona con este reconocimiento la santidad a sus hijos, no es exactamente una corona para ellos sino para su propia obra, pues todo es obra del Señor, obra de su misericordia. Por eso nadie podrá decir que no es capaz de recibir la misericordia de Dios. Él tiene cuidado de cada uno de sus hijos e hijas aunque a veces no nos demos cuenta.

 

Él, de modo misterioso, va guiando nuestras vidas, va saliendo a nuestro encuentro y nos va sosteniendo en las pruebas. No conozco ningún santo ni conozco ninguna obra de Dios que no haya sido probada profundamente por la cruz. Hoy también en nuestras vidas, como en la lectura de Job, cuando también es probada, tenemos que acudir a esa confianza en Dios quien siempre será nuestra fuerza, nuestra fortaleza y nuestra victoria. Hoy damos gracias al Señor por la vida de Madre Esperanza, por su obra generosa en tantos lugares del mundo. Aquí, en Bilbao ciertamente una obra generosa, el colegio de Bilbao y Sestao. La residencia de personas mayores en el Txorierri, la residencia de sacerdotes de Hurtado de Amézaga. Madre esperanza tenía una especial predilección por atender a los sacerdotes. Se dio cuenta que la mayor misericordia es entregarnos a Dios, entregarnos su cuerpo, entregarnos su reconciliación y su perdón entregando la gracia de los sacramentos; esto nos viene por el ministerio de los sacerdotes. Vamos hoy a pedir al Señor que fortalezca esta obra y este carisma iniciado por Madre Esperanza, bendiga sus hijas e hijos, multiplique sus vocaciones, seamos capaces de difundir en el mundo esta verdad de que Dios nos ama con misericordia entrañable.

 

No olvidemos que hoy también celebramos la jornada del hambre, el día de Manos Unidas. Tantas personas en el mundo que carecen de lo necesario para vivir, de alimentación de servicios sanitarios, del Evangelio, de hambrunas, el sufrimiento de tantos lugares donde hay esclavitud. Hoy, día de Manos Unidas, seamos generosos con nuestra colaboración compartiendo nuestros bienes. Seamos capaces de llegar a aquellos hermanos nuestros que sufren tantas carencias. Pidamos por intercesión de la beata Madre Esperanza por todos los que sufren. Que se muestre en ellos la misericordia entrañable del Señor. Lo pedimos por intercesión de la Virgen María. AMEN.

 

+Mario Iceta