homilia T.O. IV domingo - www.bizkeliza.org
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IV Domingo del Tiempo Ordinario

Muy queridos hermanos y hermanas:

 

Hemos escuchado en la primera lectura un fragmento del libro del Deuteronomio. Es el quinto libro del Antiguo Testamento, el que cierra la ley, la Toráh. Es una reescritura de la vida de Moisés, de los preceptos, de la vida de Israel que caminó por el desierto. Es un libro un tanto paradójico porque concluye con una especie de fracaso: Moisés había acompañado al pueblo judío durante cuarenta años por el desierto y el Señor les había sacado desde Egipto por la ruta más larga; podían haber ido cerca del mar pero el Señor les indica que vayan más hacia el interior. Cruzan el mar rojo y suben todo Jordania plantándose en la altura del monte Nebo, delante del Mar Muerto donde se divisa la llanura, Jericó, el Jordán por donde cruzarán para tomar posesión de la tierra prometida. El Señor dice a Moisés que él no hará entrar al Pueblo en esta tierra prometida. ¿Cómo es posible que aquél que durante toda su vida había acompañado al pueblo judío estaba vetado para acompañarles en el último tramo? Será Josué, su ayudante, quien introducirá al pueblo. ¿Por qué sucede esto? Para indicar al pueblo judío que quien lo ha conducido verdaderamente no es Moisés, sino el Señor Dios. Quien lo ha sacado de la esclavitud Egipto y lo ha sostenido durante cuarenta años en el desierto no es Moisés, sino Dios; Moisés ha sido un instrumento de Dios. Moisés es un gran profeta, ahora bien, en el Deuteronomio se nos dice que Dios suscitará de entre nosotros un profeta por excelencia; es una profecía de Cristo, el profeta por excelencia. Es profeta por excelencia porque no habla de otro, sino de sí mismo, es el Dios encarnado, el profeta por antonomasia.

 

En el evangelio de hoy hemos escuchado un fragmento del primer capítulo del evangelio de san Marcos, quien nos va a ir acompañado durante todo el año litúrgico. Cada domingo iremos leyendo un fragmento que este evangelio. Marcos acompañaba a Pedro y escuchando su enseñanza escribe el evangelio más sencillo y fácil de leer, además de ser el más antiguo. Empieza de un modo rápido con la elección de los discípulos que escuchamos el domingo pasado. Hoy comienza una nueva etapa que va a hablar de los signos mesiánicos, particularmente de las curaciones. El aspecto central del evangelio de hoy es este Cristo -dice los judíos- que enseña con autoridad y hasta los demonios le obedecen. Enseña con autoridad propia porque los profetas anunciaban algo de otro. Por ejemplo dicen: " oráculo del Señor". Jesús nunca dice: - Yahvé dice... Sino " Yo os digo". Así pues, enseña con autoridad. Es la Palabra hecha carne. Un modo de enseñar nuevo que no viene de otro.

 

Al Señor le acompaña este signo: " los demonios le obedecen". En el Antiguo Testamento aparecen los exorcistas enviados por Dios para expulsar demonios con largas oraciones, procedimientos y liturgias. Aquí, en cambio, vemos a un hombre poseído por un espíritu inmundo. Este mismo demonio confiesa: "Se quién eres, eres el hijo de Dios... Cállate y sal fuera". El demonio lo hace de forma inmediata y la gente se asombra: "¿Quién es este que hasta los demonios le obedecen?". Sin largas ceremonias ni complicadas y repetitivas invocaciones; una sola palabra ha sido suficiente para ahuyentar a los demonios. Este enseñar con autoridad es nuevo. Es el Mesías quien hace los signos propios del Mesías: los ciegos ven, los cojos andan, los demonios son expulsados, los muertos resucitan... Como contará después san Marcos. Él nos habla de sí mismo, es la Palabra de Dios, quien se ha hecho carne y habla nuestro lenguaje, conoce nuestro modo de ser, nuestra humanidad, y nos ofrece una palabra de vida, un camino nuevo que Él ha cruzado, experimentado y recorrido. Nos invita a ser sus discípulos, a caminar con Él.

 

Ojalá también nosotros, en este mundo, en esta vida en la que hay tantos charlatanes, habladores, como en el Oeste -lo digo en broma- que vendían crecepelo... Hay alguien que habla con autoridad, en verdad, que los espíritus inmundos le obedecen y que nos llama e invita. Su voz es distinta, resuena de un modo diferente. Es la voz del buen pastor que busca la oveja perdida, al que se ha extraviado, que sale a su encuentro y lo carga sobre sus hombros, lo cuida, le da la vida y lo consuela.

 

Que nosotros podamos reconocer que Él es el Hijo de Dios y así, podamos seguirle en el camino de la vida en este enseñar con autoridad del Señor. Se lo pedimos así, esta tarde, por intercesión de la Virgen María. Que tengamos la sana alegría de ser discípulos de Jesús quien nos abre un camino nuevo, un modo nuevo de ver la vida, y nos acompañe siempre en nuestro caminar. Que así sea.

 

 

+Mario Iceta