homilía T.O. II DOMINGO - www.bizkeliza.org
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II Domingo del Tiempo Ordinario

Muy queridos Hermanos y Hermanas:

 

 

Hemos escuchado en el evangelio de hoy la invitación de Jesús "venid y veréis". Significa hacer experiencia de Dios, experiencia de pertenecer a una familia grande. Una familia de hermanos y hermanas sostenida sobre el amor de Jesús, sobre la vida que Él nos entrega en la cruz. El papa Francisco, con motivo de la celebración de este día del emigrante, ha dirigido a toda la Iglesia a un mensaje estimulante y profético. No en vano hoy está en Filipinas, en aquel lugar que tanto sufre por las pobrezas, por las catástrofes naturales. Él nos invita contemplar a Jesús, a dejarnos sorprender por su amor que rebasa toda frontera y alcanza a los más pequeños, vulnerables y excluidos, y reconoce en el rostro sufriente el rostro de Jesús. Nos invita a hacer nuestra la invitación de Jesús en el sermón de la montaña: "fui forastero y me hospedasteis". La Iglesia hereda esta misión de Jesús y anuncia a todos que Dios es amor. Él abre sus brazos para acoger a todos sin ningún tipo de discriminación y diferencia.

 

 

Ya en Pentecostés los discípulos, animados por el Espíritu, vencen miedos, superan dudas, se arriesgan al encuentro de los gentiles -aquellos extraños para la mentalidad judía-. El mismo Pedro recibe esta revelación: "bebed y comed porque todo es creación de Dios. Acoge al forastero porque todos hemos sido convocados al amor de Jesús". Hoy como ayer tenemos que salir al encuentro de los hermanos emigrantes haciendo visible la maternidad de la Iglesia que, superando razas y fronteras, a todos acoge pues nadie es extraño en la casa de Dios. Es lo que resume el lema elegido para esta jornada: "Iglesia sin fronteras, Madre de todos". La Iglesia, cada uno de nosotros, tenemos que practicar esta cultura del encuentro, rechazar la cultura del descarte, practicar la acogida, la solidaridad, la reconciliación. Para una madre ningún hijo es inútil ni feo. Para una Madre los hijos son los seres más hermosos de la creación. Las madres, cuando se trata de los hijos, no saben de límites como no los sabía Jesús al pasar al otro lado, al país extranjero adentrándose en territorio sirio fenicio, atravesando el país de los samaritanos, comiendo con publicanos, fariseos y pecadores. No son las fronteras lo que le detiene sino más bien son los encuentros con los otros los que le animan. Las diferencias son asumidas y transformadas por ese amor de Dios que a todos nos hace hermanos. Admira aquella fe de la mujer fenicia, hace que la samaritana se encuentre consigo misma. Al hilo de los encuentros Jesús reacciona y, a veces, se irrita con el uso duro y cerrado de las ideologías.

 

 

La inmigración es un signo de nuestro tiempo; también nosotros hemos sido emigrantes. Muchos emprenden viajes arriesgados con gran peligro para sus vidas, con la esperanza de encontrar un futuro mejor para sus familias. Nadie emigra por gusto. También ha vuelto a repuntar el número de ciudadanos que migran a otros países para encontrar trabajo porque aquí escasea. El Santo Padre advierte: No es extraño que estos movimientos migratorios puedan suscitar desconfianza y rechazo, incluso en las comunidades eclesiales, antes de conocer las circunstancias de persecución o de miseria de las personas afectadas. Estos recelos y perjuicios se oponen al mandato de Jesús, se oponen a la enseñanza de Jesús de acoger con respeto y amor al extranjero necesitado. Habría que ponerse dentro de la piel del otro para entender qué esperanzas, qué deseos le mueven a dejar sus tierras y sus familias, su hogar, sus lugares conocidos, situaciones difíciles de las que buscan escapar.

 

 

Clama al cielo constatar las abismales desigualdades de renta o de esperanza de vida con los países pobres. En África, por ejemplo, la esperanza de vida apenas supera los 40 años. Nosotros, al contrario, rondamos los 85 años. En África las personas viven por término general la mitad del tiempo que nosotros. Estuve en verano visitando a los misioneros del Congo. Allí no hay gente mayor porque la gente se muere joven. ¿Quién de nosotros no buscaría escapar del hambre? Visité casas de huérfanos que sólo comían cada uno una mazorca de maíz al día, nada más. ¿Quién no escaparía de la persecución? Vemos a tantos cristianos refugiados en el Líbano, en el territorio de los kurdos, huyendo de Siria, huyendo de Irak. ¿Quién no huye de la guerra y de la muerte? El mapa de la desigualdad entre países es una afrenta clamorosa contra la dignidad humana y es un pecado que clama contra Dios, con el agravante de que las migraciones forzosas dan lugar, frecuentemente, a mafias que manipulan y crean redes de extorsión, formando nuevas formas de pobreza y esclavitud. Mujeres víctimas de la prostitución, menores no acompañados en situaciones de riesgo, refugiados... Son verdaderamente las llagas por las que el Señor sigue sangrando y sufriendo. El Santo Padre, tras recordar la vocación de la Iglesia a superar fronteras, reitera la invitación a que trabajemos en pro del paso de una actitud defensiva y recelosa a una actitud de desinterés, de interés por el otro, de gratuidad, del encuentro, la única capaz de construir un mundo justo y fraterno. A la globalización de la inmigración hay que responder con la globalización del amor y de la cooperación.

 

 

Queridos inmigrantes: Vosotros ocupáis ciertamente un lugar privilegiado en el corazón de la Iglesia. Deseamos que esto sea realidad en cada una de nuestras comunidades. Vosotros sois el estímulo para que estas manifiesten su acogida, ensanchen su corazón, para hacer suyos vuestros gozos, vuestras esperanzas, vuestras tristezas y angustias. Debemos todos juntos obrar para que no haya actitudes de recelo, de rechazo, a veces violentamente expresadas en nuestra sociedad. Encomendamos a todos a la protección amorosa de la Sagrada familia que también fue emigrante en Egipto porque Herodes quería matar al niño. Que la Sagrada familia que tuvo que superar muchas fronteras y supo lo que era la emigración forzosa, sin perder la confianza en Dios, os acompañe, os bendiga y haga de nuestras comunidades un lugar acogedor, una casa común en la que Dios es Padre de todos y María es Madre de todos. Amén.

 

 

 

+Mario Iceta