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Festividad de San José

Muy queridos hermanos y hermanas:

 

Hemos escuchado en la primera lectura un fragmento del libro de Samuel donde aparece el rey David ya anciano y el profeta Natán que aconsejaba al rey David a través del cual Dios le comunicaba su voluntad. Las palabras que hoy hemos escuchado son una promesa de Dios, con vistas a afianzar su linaje real anunciándole que el Mesías nacerá de su descendencia. La frase que me gustaría subrayar de esta primera lectura es: "Él me construirá una casa". Bien sabemos que no será el rey David sino su hijo Salomón quien construya el templo de Jerusalén para que habite el Arca de la Alianza, para que habite Dios en su templo y en medio de su pueblo. ¿Qué manos humanas podrán construir un templo a Dios? Aún así, Dios permite que se le construya un templo con piedras muertas. Ahora bien, el profeta anuncia al Rey que será uno de su descendencia quien construya la casa. Me viene a la memoria el evangelio de San Juan de hace dos domingos cuando Jesús dice: "Destruid este templo y en tres días lo levantaré... Se refería al templo de su cuerpo". Un templo que es la humanidad de Cristo donde habita la divinidad y se prolongará en un templo hecho de piedras vivas que somos nosotros, un templo Santo, llamado iglesia, donde Dios habita. Una profecía cuya profundidad y alcance no acaba de comprender el Rey David; el templo es Cristo, la casa es la humanidad de Jesús.

 

El salmo 88 que hemos cantado para responder a la primera lectura decía así: "Tu misericordia es un edificio eterno". La misericordia de Dios se manifiesta en Cristo, Él es la misericordia del Padre. A Él podemos acercarnos, encontrar el consuelo, la luz, la compañía, podemos encontrar en Él el vigor, la esperanza, la alegría. La carta que los obispos del País Vasco os hemos dirigido en esta cuaresma parafraseando a San Juan que afirma que "El verbo se hizo carne" escribíamos como título de uno de sus capítulos La misericordia se hizo carne. Por eso podemos acercarnos al trono de la misericordia, al trono de la gracia que es Jesús para alcanzar la reconciliación, la vida, la alegría, la esperanza.

 

De la segunda lectura de la Carta a los Romanos y del Evangelio que hemos escuchado me gustaría destacar dos aspectos. El primero, referido a la fe. Abraham por la fe fue padre de multitud de pueblos. Si recordamos la historia de Abraham, ya siendo anciano, fue visitado por tres hombres misteriosos que la tradición los ha señalado como imagen de la Trinidad, quienes le hacen la propuesta de salir de su tierra y prometerle que su descendencia será más numerosa que las estrellas del cielo y que las arenas del mar. Abraham se pregunta ¿cómo yo siendo anciano y mi mujer estéril puede suceder esto? Aún así, se fía de Dios y se pone en camino y Sara concibe a su hijo Isaac. Después Isaac concebirá a Jacob. Así ininterrumpidamente hasta formarse todas las tribus de Israel. Abraham creyó por la fe, es un hombre de fe. La Carta a los Hebreos nos señala que "creyó contra toda esperanza humana". La fe va mucho más allá que nuestra esperanza humana. La promesa de Dios es mucho más profunda y más larga que lo que nos puede prometer el mundo. Abraham creyó contra toda esperanza que se cumpliría y, efectivamente, se cumplió la promesa de Dios. Abraham es nuestro padre en la fe.

 

Es lo mismo que hemos escuchado en el evangelio. Hemos visto la figura de José. En los evangelios hay dos anunciaciones. La anunciación a María, que aparece en San Lucas y la anunciación a José, que relata San Mateo. Se le aparece el ángel en sueños diciéndole: "No temas José, porque la concepción de tu esposa viene del espíritu Santo". José cree y asume la misión que Dios le asigna: "Tú le pondrás por nombre Jesús". Con la fe viene una vocación, un cometido. José cumplirá la misión de ser esposo de María y padre terrenal de Jesús, custodio de los primeros pasos de la historia de la salvación. Lo cumplirá perfectamente con gran humildad, con gran sencillez.

 

También nosotros, queridos hermanos, si estamos aquí es porque somos personas de fe, porque creemos en lo que el Señor nos ha revelado. Él también nos ha dado una vocación: la vocación sacerdotal, la vocación al matrimonio, y las demás vocaciones, que se realiza por el don de la fe, porque Dios nos ha confiado ese ministerio, no solamente a partir de la voluntad de haber elegido a esta o esa persona como compañero o compañera de vida, sino el don que Dios nos ha confiado de ser custodio el uno del otro, el esposo de la esposa, la esposa del esposo, ser custodios de unos hijos. También cuando las cosas van mal, cuando vienen las dificultades, las crisis, los problemas, cuando desaparece la esperanza humana, debemos de acordarnos de Abraham y de José que creyeron contra toda esperanza humana. Dios sostiene la vocación que os ha dado de ser esposos y esposas, sostiene esa misión. Quisiera felicitar de modo particular hoy a los padres, una figura un tanto desaparecida en nuestra cultura después de Sigmund Freud, y su teoría de "matar al padre", liberarse de su tutela, romper con lo que él representa, para ser libre. La paternidad es un elemento fundamental para nuestra vida. Por eso me gustaría felicitar hoy a quienes el Señor os ha dado la vocación de padres como san José.

 

También celebramos el día de las misiones diocesanas. Vamos a orar por nuestros misioneros y misioneras, sacerdotes y seglares, religiosos y religiosas que en muchos lugares del mundo están llevando el testimonio del Señor. Pidamos hoy por ellos; ayudémosles económicamente con la colecta que vamos a realizar para sufragar las necesidades en esos lugares lejanos de misión.

 

Pidamos al Señor que nos bendiga, nos conserve y nos confirme en la fe. Que podamos vivir con gozo la misión que nos ha confiado de ser custodios los unos de los otros. Se lo pedimos hoy al Señor por intercesión de san José y de su esposa la Virgen María. Amén.

 

+Mario Iceta