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Homilía Miércoles de Ceniza

Muy queridos hermanos y hermanas:

 

Saludo a los niños de la catequesis que esta tarde nos acompañan, también a los miembros de las hermandades y cofradías que están con nosotros en esta celebración. Comenzamos el tiempo de Cuaresma. Antes que nada, tenemos que ser conscientes que no estamos aquí porque nosotros hayamos querido venir, sino porque Alguien nos ha llamado, nos ha convocado, nos ha movido. Es el Señor quien nos llama para ofrecernos una profunda renovación interior. Ciertamente nosotros hemos respondido, pero estamos aquí por una gracia de Dios, porque Él espera y quiere algo de nosotros y nos lo quiere regalar.

 

La Cuaresma es un tiempo que establece la liturgia de la Iglesia casi desde sus primeros inicios haciendo memoria de los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto guiado por el Espíritu. Cuarenta días para hacer una pequeño desierto en nuestra vida; el desierto es el lugar de la escucha de Dios, dejando a un lado los agobios y el estrés que nos ocupan para estar más sensibles a la Palabra de Dios. El desierto también es el lugar de la prueba donde se discierne cómo es nuestro corazón, cómo va nuestra vida, si tenemos afinadas las cuerdas de nuestra vida. También es el lugar para dejarnos guiar por el Espíritu, que nos quiere hablar e inspirar, que nos quiere conducir... Ello requiere de nuestra parte humildad, sencillez y docilidad. Os invito a entrar con decisión en este tiempo de gracia, con disponibilidad a lo que el Señor nos quiera mostrar.

 

El primer día de la Cuaresma está caracterizado por la imposición de la ceniza que se elabora con los ramos del Domingo de Ramos pasado, día en el que Cristo entra humilde, triunfante y glorioso en nuestra existencia. Así pues, lo que viene a decirnos la ceniza es que sin Dios somos eso: ¿Qué tenemos que Dios no nos haya dado? Toda nuestra vida es fruto de su amor, del don que nos quiere hacer y nos quiere dar. Lo que ocurre es que muchas veces en nuestra vida van entrando la autosuficiencia, el orgullo, y pensamos que las cosas son nuestras porque somos inteligentes y constantes. Uno se dice así mismo: ¡Hay que ver lo que hago, lo que construyo! El símbolo de la ceniza nos dice: -no no, sin Dios eres eso; ceniza. Se sopla y desaparece. Por tanto, no construyas sobre la ceniza, una construcción absurda. Debemos construir sobre el don de Dios que lo es todo. Él es la roca. Debemos pensar si nuestra vida es un poco ceniza, inconsistente. A veces la fundamos sobre cosas que sabemos en el fondo no tienen consistencia. Es por ello que se nos llama la conversión, a hacer memoria del don de Dios. Somos infinitos por don Suyo, porque Él nos regala y nos sostiene. Por tanto, se nos ofrece un camino para purificarnos, para tomar conciencia de la verdad de nuestro ser, no de la imagen que queremos construir.

 

El evangelio nos dice hoy: cuando hagas ayuno, cuando hagas limosna, cuando hagas oración, no vayas tocando la trompeta, manifestando lo piadoso y orante que eres... No vayas construyendo tu imagen en este mundo de la imagen, sino vive en verdad, con sencillez, no busques aparentar en este mundo de la apariencia. El evangelio nos ha sugerido tres medios para operar esta conversión con alegría, dejándonos guiar por el Espíritu.

 

Primero el ayuno; nos quedamos con la definición del ayuno como el hecho de privarnos de algunos alimentos, que no deja de ser poca cosa. Entendamos el término como el ayuno de aquello que sabes que te hace daño, de aquello que sabes que te esclaviza, de aquellas cuestiones que se han sido cargando en tu vida y sabes que son un peso, que te quitan la alegría y ocupan un tiempo precioso que no merece la pena. Nuestra vida tiene que ser mucho más sencilla, debemos ir a lo esencial y vivir con lo necesario. De esta manera brota una alegría nueva. Haz ayuno; estoy seguro que si te pones a hacer una lista saldrán el ayuno de las cuestiones materiales, sociales, personales, inclinaciones interiores, peajes que tengo que pagar para quedar bien ante los demás? Haz ayuno, desnúdate de tanto polvo, de tanto barro, de tantas capas, como debe limpiarse el bosque para que no haya incendios. Ayuna; el Espíritu te guiará y elige. Dile al Señor: -Ayúdame a despegarme de esto.

 

El Evangelio también nos ha hablado de la oración. Entra en tu casa, en tu interior, ahí encontrarás al Señor en el secreto de tu interior y háblale. Inicia o reaviva un trato de amistad. Escucha su Palabra que se dirige a ti. La Palabra se dirige a nosotros, ¿Qué te dice el Señor? ¿Tú qué le puedes, quieres o necesitas decir? Hace el relato de tu vida ante Él. Haz un espacio para estar con Él. Ofrécele las dificultades y sacrificios de cada día. La oración; quien no tienen oración es como quien no respira y también es un don de Dios que debemos pedir.

 

El Evangelio nos ha hablado también de la limosna. El Papa Francisco, en el mensaje que nos dirige en esta cuaresma nos habla de la indiferencia. ¡Cuántas personas se hacen indiferentes ante los demás, ante Dios! Limosna es salir de nosotros mismos. No estar centrado en nosotros sino pendientes de los demás. No es tanto pedir que seamos felices sino cómo yo puedo hacer feliz a los demás y, entonces, yo seré feliz también. No sólo mirar mis cosas sino cómo puedo servir al otro, cómo puedo compartir lo que tengo y, entonces, como dice Isaías, brotará tu carne nueva y limpia, tu oscuridad se hará luz y se hará presente el Señor en tu vida. Aparecerá un nuevo sentido de tu existencia y de tu vida y brotará la alegría profunda del corazón.

 

La Cuaresma es un tiempo de gracia, es un don para amar más y mejor. Para amar a Dios y al prójimo, y esto redundará en ese "gaudium" en esa alegría interior, esa vida plena y realizada que el Señor quiere para nosotros.

 

Así pues, esta tarde, recogiendo en la frente la ceniza recordémoslo: -Señor, sin ti soy esto. Pero contigo lo soy todo, tu hijo, tu hija, y Tú eres el Señor de mi historia. Estoy llamado a una vida de eternidad contigo. Que por el ayuno, la oración, la limosna me desprenda de tantas cosas que me esclavizan para vivir en la verdad y en la sencillez, en la plenitud de los hijos de Dios. Lo pedimos al comienzo de esta Cuaresma por intercesión de la Virgen María. AMÉN.

 

+Mario Iceta