homilía Jornada del enfermo - www.bizkeliza.org
Skip to main content

Jornada Mundial del Enfermo. Virgen de Lourdes

Muy queridos Hermanos Hermanas:

 

Vamos a traer aquí al altar a todos los enfermos de la diócesis como si los muros de la catedral no existieran. Que esta celebración llegue a todos los hospitales, al corazón de todos los enfermos, a las residencias de ancianos y a todos los hogares donde hay personas encamadas, personas con enfermedades crónicas, en quienes se hace presente la carne doliente de Cristo. Me gustaría que esta celebración, como pueblo que somos, como Iglesia de Bizkaia tuviera como hermanos predilectos a los que sufren, de modo particular a nuestros hermanos enfermos. Me gustaría traer a esta celebración a los profesionales de la salud, a tantos voluntarios y a tantas personas que con sacrificio arropan con su corazón y su cariño a los enfermos, a quienes atienden con dulzura y ternura. Que no se diga de nosotros esa triple denuncia que en el Evangelio de hoy hace Jesús a los fariseos: ?Vosotros me honráis con los labios pero no con vuestras acciones?. Nosotros queremos honrar al Señor con la vida, sirviéndole en los más pobres, en los enfermos, en los necesitados. Jesús continúa diciendo a los fariseos: ?El culto que dais es un culto vacío?; formalismos que han perdido el alma y el corazón. Y hace una tercera denuncia: ?Habéis sustituido los preceptos de Dios por los preceptos humanos?. Habéis olvidado la ley de Dios que es amar a Dios y al prójimo; prójimo no es el que está al lado simplemente sino, como nos explica el Señor en la parábola del buen samaritano: ¿quién se hizo prójimo del hombre caído? Aquél que se acercó, se inclinó, se interesó, abrazó y acogió en su cabalgadura al enfermo. Por eso esta tarde tenemos que pedir al Señor que aleje de nosotros esa tentación de adorarle sólo con los labios, de tener un culto vacío, de cumplir únicamente preceptos humanos que no llegan a ningún sitio. Ojalá honremos al Señor con nuestra vida. Que nuestro culto sea expresión de amor, donde se haga presente el amor de Dios que se manifiesta en la Eucaristía y en su Palabra que nos hace hermanos, servidores los unos de los otros y que nuestra ley, nuestro precepto, sea el de la caridad, el del amor.

 

Celebramos este día del enfermo donde el Santo Padre nos ha ofrecido un lema tomado del libro de Job: ?Era yo los ojos del ciego, era yo del cojo los pies?. Es decir, me presento ante el otro como aquél que de algún modo me pertenece, con quien me une una fraternidad, una común filiación, de quien estoy llamado a hacerme cargo. El Papa comenta este texto desde la perspectiva que él llama "sabiduría del corazón". Un corazón que ve, que es capaz de ponerse en la piel del otro. Esto le lleva a compartir esta situación, a remediar. Como dice el Papa, tenemos que primerear, tenemos que hacernos cargo del otro, tenemos que involucrarnos, fructificar y festejar. Esta sabiduría del corazón no es un conocimiento teórico si no una actitud infundida por el Espíritu Santo en la mente y en el corazón de aquellos que se hacen sensibles al sufrimiento del otro y reconocen en el sufriente el rostro de Cristo: ?Tengo sed, dame de beber". La sabiduría del corazón nos lleva a servir al hermano. Las palabras de Job ponen en evidencia la dimensión de servicio a los necesitados de parte del hombre justo. Precisamente la talla moral, la anchura y profundidad de nuestro ser no se manifiesta tanto en los títulos, de lo que digan de nosotros, sino que se manifiesta en esta actitud de servicio. Acordémonos de esas palabras de San Juan de la Cruz: ?Al atardecer de la vida te examinarán del amor?. Lo que pesas, lo que vales, lo que eres es lo que has amado, por tanto, lo que ha servido. También lo dirá San Pablo: cuando estemos delante del Señor la fe habrá cesado, también la esperanza. Solo queda el amor. Todo lo demás, todos los títulos y honores se quedan en este lado. Ante Dios somos lo que amamos.

 

Por ello queremos dar testimonio no solamente con los labios sino con el servicio a los enfermos. ¡Cuántos de vosotros estáis junto a esa cruz que es la cama del enfermo! ¡Cuántos testimoniáis el servicio de amor dando de beber al Señor que nos pide nuestro corazón, nuestra mirada, nuestro tiempo, nuestro cariño! Es verdad que este servicio puede ser fatigoso, pesado. Pero Él viene en nuestra ayuda; Él nos sostiene con su gracia; Como Moisés que era sostenido con los brazos en cruz para ganar en la batalla, la batalla de la fatiga y del cansancio.

Es relativamente fácil servir por algunos días, hacer un periodo pequeño de voluntariado, pero no cabe duda que es heroico cuidar a un enfermo continuamente durante años; incluso cuando esa persona no es capaz de darse cuenta. Conoceréis y conozco muchos testimonios de personas que cuidan a enfermos encamados, muchas veces con la conciencia disminuida; con cuanto cariño y fidelidad al amor día tras día. Este es un camino precioso de santidad, de configurarse al Señor que es amor y servicio. La sabiduría del corazón que habla el Santo Padre es saber estar con el hermano que sufre.

 

Quizá nuestra sociedad concede poca importancia a lo más valioso. Lo más valioso que podemos ofrecer es el tiempo ¡Cuánto vale el tiempo! Y que poco lo damos. ¡Qué poca limosna de tiempo hacemos, de gratuidad! A veces andamos con prisas, con el tiempo tasado. Estar junto al enfermo es un tiempo justo, de eternidad. Es un tiempo de Dios porque es alabanza suya que nos conforma a su imagen que ha venido a dar su vida, su tiempo para nosotros. Un tiempo que traspasa toda la historia. No hay un tiempo que esté abstraído al amor de Dios, al amor de Cristo. Él se hace contemporáneo de todo hombre y mujer en todo el arco del tiempo y de la historia. La sabiduría del corazón es salir al encuentro, salir de nosotros, de nuestra comodidad. Muchas veces estamos apremiados por la prisa, por el hacer, el producir, y nos olvidamos de lo más precioso que es la gratuidad; hacernos cargo del otro. Es un tiempo que no tiene precio. El Papa nos recuerda en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium la absoluta prioridad de salir hacia el otro como uno de los mandamientos principales, como una de las necesidades más importantes de los hombres y mujeres de hoy, que alguien les salga al encuentro. No creo que hay un lamento más penoso en el evangelio que aquel hombre que está junto a la piscina probática de Bethesda. Llevaba muchos años junto a la piscina y Jesús le pregunta: ¿Cómo es que no entras a la piscina? El hombre responde: -No tengo a nadie que me introduzca en ella... No tengo a nadie. Quizá puede ser ésta la queja de muchas personas hoy. Quizá con hijos, amigos... Pero en esa constancia diaria, en esa fidelidad diaria, muchas personas dicen en el fondo "no tengo a nadie". Ojalá no sea eso una queja para con nosotros si realmente queremos ser discípulos del Señor. Tenemos que decir: -Aquí estamos nosotros. Nadie debe sentirse solo. Tienes a alguien que te acompaña a introducirte en esa piscina probática para que el Señor manifieste su misericordia contigo. Como nos dice el Santo Padre: ?La caridad necesita de tiempo para curar las heridas interiores, tiempo para abrazar soledades. La caridad verdadera es participación que no juzga, libre de aquella falsa humildad que busca aprobación y se complace del bien hecho. Cuando la enfermedad y la soledad predominan sobre nuestra vida de donación, la experiencia de dolor puede ser lugar privilegiado de transmisión de la gracia y fuente para lograr esta sabiduría del corazón?.

 

Pidamos hoy al Señor que nos haga servidores humildes y fieles de los enfermos, de las personas que están solas. Que sepan que no se les abandona, que no están solas abandonadas a su suerte. Concluyamos invocando a la Virgen María esta tarde, Virgen de Lourdes, con la oración que nos ofrece el papa Francisco. Nos unimos a él con toda la Iglesia invocando a María:

 

Oh María, sede de la sabiduría, intercede como Madre nuestra por todos los enfermos y los que se ocupan de ellos. Haz que desde el servicio al prójimo que sufre y a través de la misma experiencia del dolor podamos acoger y hacer crecer en nosotros la verdadera sabiduría del corazón. Amén.

 

 

 

+Mario Iceta