Homilía IV de Pascua - www.bizkeliza.org
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IV Domingo de Pascua

Muy queridos hermanos y hermanas, especialmente, queridos seminaristas que vais a ser instituidos acólitos y lectores:

 

Celebramos el domingo del Buen Pastor, Cristo Buen Pastor. Es curioso que se celebre en Pascua, porque Jesús resucitado no habla del buen pastor. Lo había dicho anteriormente, en el capítulo 10 del Evangelio de San Juan. Si Jesús no habla del buen pastor después de resucitar, ¿por qué la Iglesia en este cuarto domingo de Pascua nos propone esta imagen de Cristo Buen Pastor? Es así porque en la Pascua de Cristo ya se ha producido la condición que ponía Jesús para ser el buen pastor: el buen pastor da la vida por las ovejas; el pastor que ha dado la vida por las ovejas en el misterio pascual. Él ha entregado su vida por nosotros. Después nos ha dicho lo que no es un buen pastor: Al asalariado no le importan las ovejas. Aquél que es pagado para cuidarlas no le importan las ovejas, aquél que no busca servirlas sino lucrarse a partir de ellas. Ciertamente, hablar hoy de pastor choca con nuestra mentalidad postmoderna. Queremos vivir una vida autónoma. Eso de que alguien se erija como quien quiere guiar nuestra vida puede ser considerado incluso objeto de mofa: ¡Qué se habrá pensado ese Jesús que quiere dirigir mi vida! ¡Yo no necesito nadie que la guíe, me basto a mí mismo!

 

Este es el gran error fruto, en el fondo, de la soberbia humana obstinados en construir nuestra propia vida independiente, al margen de Dios. Nuestra vida tiene que ser construida, ciertamente, pero puede ser malograda. El Señor, al fin y al cabo, ha puesto la vida en nuestras manos, pero me pregunto qué hago yo con mi vida, cómo puedo construir mi vida. Esto es algo complejo: cómo dar respuesta a aquellos deseos más profundos de mi corazón. Podemos pasar la vida y acabar diciendo que mi vida ha sido un desastre. No sólo tengo que construir mi vida sino que tengo que ayudar a construir la vida de los demás y ayudar a construir la vida del mundo, un mundo más justo y un mundo fraterno. Jesús, el Señor, nos da la clave; Él se ofrece como buen pastor, como guía. Él nos da su amor y su vida, su luz, y sale a buscarnos para que nuestra vida nos sea fallida, para que nuestra vida no sea un desastre.

 

Hay algo que me llama la atención cuando iniciamos la procesión de entrada para celebrar la Eucaristía y que refleja precisamente el misterio del Buen Pastor en medio de nosotros. Los signos de la liturgia tienen un sentido profundo. Cuando salimos hacia el altar en procesión donde nos precede una cruz iluminada por dos ciriales, manifestamos precisamente el signo del Pastor que nos guía por delante, y nosotros vamos tras Él. Así nos conduce hacia las fuentes tranquilas, hacia la mesa que nos ha preparado y donde se nos reparte su cuerpo. El Pastor nos conduce crucificado, es decir, una vida entregada que conlleva siempre sacrificio. Va, además, iluminado porque Él es nuestra luz, el pastor que nos ama, y nos ilumina con su amor, el pastor en la cruz, el pastor que ha dado la vida y nos trae a su Palabra, a su mesa... Nos trae a su morada, a las fuentes tranquilas, para habitar en su presencia por días sin término; Él es nuestra vida. Por ello, los que participamos de este ministerio vamos detrás de Él. Así, la liturgia nos dice que si uno es pastor, debe imitar a Quien sigue. Para poder pastorear hay que imitar a Jesús que entregar la vida. Notemos cómo el evangelio nos ha dicho que a los asalariados no les importan las ovejas; ellos trabajan por su salario. Sin embargo, el buen pastor da la vida por sus ovejas. Nosotros no estamos en el ministerio sacerdotal por nuestro salario; nos hubiéramos dedicado a otra cosa. Alguien nos ha llamado a participar de este ministerio; la iglesia nos da lo que necesitamos para vivir con honestidad y con austeridad porque Él nos ha llamado a hacer lo mismo, a entregar la vida con el sacrificio que ello conlleva. Esto sucede en todas las vocaciones. ¡Cuántos sacrificios en los matrimonios! ¡Cuántos sacrificios los padres y las madres por sus hijos! ¡Cuántos sacrificios en la vida consagrada! ¡Cuánto sacrificio en el trabajo! Se trata de entregar la vida, renunciar a uno. Entonces es así como aparece la luz en la vida y así puedo ser constituido luz para los demás y ser enviado a los demás. Es por ello que en el evangelio hemos escuchado cómo Jesús dice que también hay otras ovejas que no son de este redil. También a ellas he sido enviado para apacentarlas.

 

Hoy, queridos seminaristas, vais a dar un paso muy significativo en este tiempo que os lleva a recibir la ordenación diaconal y presbiteral. Recibir la Palabra es adquirir el compromiso de que la Palabra sea la lámpara de mi vida; como dice el salmo 118: "Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero". A partir de hoy, recibiendo el ministerio del lectorado, os comprometéis a que la Palabra sea vuestro alimento y la escrutéis cada día para conformar vuestra vida con la Palabra de Dios, que os ilumine y que podáis llevarla a los hermanos que tanto la necesitan.

 

Los que vais a ser instituidos acólitos se os confía un ministerio de servicio. La Eucaristía es servir. Acercarse al altar es servir. ¡Qué daño hace esa mentalidad de quien piensa que es dueño de la Eucaristía, de que pueda manipular la Eucaristía como si fuera posesión, propiedad mía! Es justo lo contrario; nos acercamos a un misterio de amor, que no nos pertenece, que se nos regala como inmenso don, para servirlo con humildad y sencillez, con temor y temblor; el don de Cristo que se pone en nuestras manos para que lo repartamos a los hermanos y participemos de él con humildad. Para que podamos experimentar el amor de Dios que se nos entrega en el altar. Por eso hoy, al recibir este ministerio de acólitos, que el Señor imprima esa sencillez y humildad en vuestro corazón para acercaros al altar y tratar la Eucaristía con amor. Me da pena cuando veo, a veces, cómo entra la rutina y ya la Eucaristía da la sensación de que es una cosa más del día, sin ningún relieve, sin importancia, incluso por obligación. Eso mata el amor y el sentido profundo de la Eucaristía.

 

Hoy, queridos hermanos y hermanas, acojamos  a Cristo Pastor, dejémosle entrar en nuestras vidas. Él viene a entregarnos su vida, a ser luz y a acompañarnos en las angustias y oscuridades por las que atravesamos. Es capaz de construir una humanidad nueva, una sociedad justa donde los unos nos preocupemos de los otros y donde a nadie le falte lo necesario. Pedimos hoy, de manera particular, por estos hermanos nuestros. Que el Señor les mantenga y les sostenga en este camino hasta el día en que puedan recibir el don de la ordenación sacerdotal. Que el Señor vaya configurándoles con paciencia y afecto su corazón de buen pastor al servicio de nuestros hermanos y hermanas. Lo pedimos esta tarde por intercesión de la Virgen María. Amén

 

 

+Mario Iceta