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Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

Queridos Hermanos y Hermanas:

 

Celebramos hoy la solemnidad de la Concepción Inmaculada de María. La Iglesia nos ofrece tres lecturas y me gustaría compartir con vosotros una breve reflexión de cada una de ellas. Quizá no llegamos a comprender qué sentido tiene la concepción inmaculada de María, que la Iglesia lo ha definido como penúltimo dogma mariano; hay cuatro dogmas marianos: el principal es la maternidad de María, todos los demás derivan de éste. María es Madre no sólo de Jesús en cuanto a su naturaleza humana. Es Madre de Dios como lo afirmó el Concilio de Efeso el año 431 frente a la doctrina del obispo Nestorio que defendía que María era Madre de Jesús, pero no Madre de Dios. De este dogma se deriva la virginidad perenne de María como signo de la nueva creación. ¿Cómo una Madre puede ser virgen? La misma Iglesia lo fue explicitando. El tercer dogma es el que hoy celebramos: la Concepción Inmaculada de María defendida principalmente por los franciscanos de la mano del beato Juan Duns Escoto. No todo lo Santos fueron capaces de comprender este dogma. El mismo Santo Tomás de Aquino no comprendía la concepción inmaculada de María. El último dogma definido es la Asunción de María definido el año 1950 por el Papa Pío XII.

 

En este sentido me gustaría que empezáramos esta reflexión sobre la segunda lectura y nos centráramos en una frase que es clave para entender nuestra identidad. San Pablo nos ha dicho: el Padre nos eligió (a nosotros) en la persona de Cristo. El Padre miraba a Cristo para elegirnos y llamarnos. Lo hizo antes de la creación del mundo. Así pues, el mundo está creado en función de nosotros; mirando a Cristo, para nosotros. Por tanto todo el mundo lleva la huella de Cristo, la impronta de Cristo. Además, al crearnos a nosotros, hombre y mujer, Dios se miraba a sí mismo que es comunión de personas: Padre e Hijo que se aman en el Espíritu Santo. Como hombre y mujer que se aman en un amor sellado por Dios. Y también mirando a Cristo como esposo de la Iglesia, su esposa. Aunque la Iglesia no lo haya definido, podríamos responder a San Anselmo, teólogo del siglo XI, quien preguntándose sobre el motivo de la encarnación responde: para redimirnos del pecado. Ciertamente, pero, a mi modo de ver, no es una respuesta suficiente porque Dios ya había pensado en asumir nuestra naturaleza. La creación y la redención son dos momentos de la misma historia de salvación de Dios. Dios nos ha plasmado para que vivamos siempre con Él, para que vivamos en el Hijo, para compartir con Él la vida eterna.

 

La segunda reflexión sería, por tanto, pasar a la primera lectura. Dios nos eligió antes de la creación del mundo revelado en el libro del Génesis donde aparecen dos relatos de la creación. El capítulo uno es el primer relato que nos habla de la creación del mundo simbólicamente en siete días, el relato sacerdotal. Hoy escuchamos el segundo relato, el relato denominado Yahvista. El Señor nos creó hombre y mujer, a imagen suya nos creó. Aparece la descripción de ese lugar, el jardín del Edén, de manera simbólica donde nos creó, en el que habían dos árboles (no aparece ningún manzano; Adán no comió ninguna manzana. La manzana es un árbol extraño en Israel. Como mucho aparece la higuera pues se cubrieron con ramas de higuera) que no podían tocar Adán y Eva: el árbol de la vida, la vida como Don exclusivo de Dios. De este árbol no comáis porque yo soy la vida, yo doy la vida. El hombre contemporáneo quiere meter la mano en ese árbol seguramente para violentarlo y arruinarlo.

 

Y hay un segundo árbol, el árbol del conocimiento del bien y del mal, es decir de modo coloquial, el libro de instrucciones del ser humano ¿Qué es bueno para el ser humano? ¿Qué es nocivo para la vida del ser humano? De estos árboles no toquéis. Vemos aquí la debilidad de esta joven pareja, Adán y Eva. Aparece el tentador, empieza a seducirles. ¿Cómo van las cosas por el jardín? Podemos comer de todos los árboles menos de dos. La serpiente responde. -Ah, pues esto no es así. Esto es porque s coméis de ese árbol seréis como Dios. Así son tentados: seréis como Dios. Hay dos modos de ser como Dios; uno como piensa el hombre mundano, por sus fuerzas. Eso es lo que han hecho todas las ideologías del mundo que ha sido ideologías anti génesis: la primera y segunda guerras mundiales fueron forjadas por dos ideologías el marxismo y el nacionalsocialismo. También hoy en día asistimos a la infiltración de ideologías de modo mucho más sibilino: ideología de género, ideología anti génesis, ideología anti vida, ideología del liberalismo radical. Las ideologías meter la mano en el árbol del bien y del mal arruinándolo. ¿Qué producen? Veamos el s. XX. ¡Cuántas centenas de millones de muertos! ¡Cuántas hambrunas! ¡Cuántas guerras! ¡Cuántas humillaciones del ser humano! No toméis de eso. Cuando el hombre quiere ser como Dios destroza su propia vida. Cuando lo busca por sí mismo.

 

Existe un segundo modo de ser como Dios: Yo os lo voy a dar, dice el Señor: La Jerusalén que viene del cielo. Es la gracia de Dios que nos hace como Dios, nos hace sus hijos amados. No es producto de nuestras fuerzas. Dios nos diviniza con su gracia por medio del Hijo, como tenía Él siempre pensado crearnos para vivir en la Trinidad. Pues bien, los pobres Adán y Eva toman de ese fruto y aparece una especie de explosión nuclear de la creación. Ya no oyen la voz de Dios, nos ha dicho el Génesis. Oyeron un ruido en el jardín y tuvieron miedo, no la voz de Dios. Tuvieron miedo, no amor de Dios. Se cubrieron, no podían mostrarse como eran porque eran pecadores. Se acusan mutuamente: -Ésta me dio a comer. Ella tiene la culpa. La ruptura radical de la creación que provoca la explosión del paraíso, es decir, la muerte, lo temporal, el sufrimiento, la enfermedad, la aniquilación, el fin.

 

Pero el Señor hace una promesa. Se dirige a la mujer y a la serpiente. A la serpiente, imagen de Satanás, le dice: -una mujer te pisará la cabeza cuando tú le hieras en el talón, es decir, cuando la serpiente nos impide caminar. Significa que los hijos de Eva no pueden caminar. Son como los cojos que aparecen en la Escritura que piden al Señor que los cure, que los levante. O como esos ciegos que aparecen en el camino que necesitan la vista para caminar. Una mujer aplastar a la cabeza de la serpiente. Quien es cabeza de la iglesia, quien es cabeza de la humanidad es Cristo, nacido de María. Cristo, nacido de María, nacido de mujer, vence a quien ha atentado a Adán y Eva.

 

Este estado de postración, y paso a la última escena, nos sitúa en el evangelio de hoy tan conocido. María, en su hogar, desposada con José. Las bodas judías se realizan en dos tiempos. Primero el desposorio, viviendo en casa separadas. Después el esposo lleva a su mujer a casa. Todavía estaban desposados pero aún no vivían juntos. Aparece el ángel Gabriel que significa en hebreo "fortaleza de Dios". Hace falta una mujer fuerte, la mujer que hiera a la serpiente, capaz de soportar el dolor del hijo en la cruz. La mujer capaz de acoger de pie al hijo muerto en la cruz, y sostener en la fe a los discípulos y a todos nosotros. Aparece, entonces, el ángel fortaleza que le saluda de una manera particular. No le dice el saludo propio de los judíos el Salom sino "Χαίρε Μαρία" (alégrate María). María no entiende el saludo ¿Cómo me saludan Χαίρε Μαρία, κεχαριτωμένη (llena de gracia), el Señor está contigo? María se turba ¿Qué saludo es éste? Así el ángel le cuenta el plan de Dios. No temas María, has encontrado gracia ante Dios y vas a concebir en tu seno. Quién va a nacer de ti -presentándole todos los títulos mesiánicos- Es el Hijo de Dios, será grande, se llamará hijo del altísimo. Heredará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre. Su reino no tendrá fin. ¿Cómo será esto? Será por obra del Espíritu Santo. Dios nos diviniza, no nosotros con nuestras ideologías. Continúa el ángel: -El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra. Y María responde como todos sabemos: aquí está la sierva, la esclava. No la soberbia Eva que quería ser como Dios, sino la sierva, la pequeña, la que hace la voluntad de Dios. Hágase en mi según tu palabra. Nos dice la tradición de la Iglesia que en ese momento María concibe.

 

Una carne limpia, una carne pura. Cristo es hombre como nosotros, encarnado en nuestra carne pero no conoce el pecado. María debía ser preservada del pecado del mundo. Así pues, se adelantan los méritos de Cristo en la concepción de María para que desde el primer instante María no necesitase ser purificada; era pura desde el comienzo. Purísima concepción. Como decimos tantas veces: sin pecado concebida. O cuando vamos a confesar los pecados invocamos la pureza de María: sin pecado concebida.

 

Agradecemos hoy a María el si que dio a Dios; no podía ser de modo distinto, Ella es la llena de gracia, la esclava del Señor. Escuchemos la voz de Jesús que en la cruz nos dice: Ahí tienes a tu madre. Acoge a tu madre. Acoge a la llena de gracia. Acoged a la que es fuente de la salvación. Acoged a la que te va a traer a Dios. A la que te va a divinizar. Va a cuidar de tu vida. Va a proteger tu matrimonio y tu familia. Va a acompañarte en tu trabajo. Te va a asistir en la enfermedad y en tu soledad. Te acompañará en el momento de la muerte. Acoge a tu Madre. Ahí tienes a tu Madre. Por eso hoy, en este día de su concepción damos gracias a Dios por el inmenso don que nos ha hecho en María. A Ella le pedimos que sepamos vivir como los ciudadanos del cielo que aguardamos un cielo nuevo y una tierra nueva. No porque nosotros queremos ser como Dios haciendo la torre de Babel que es un desastre. Sino que queremos ser como Dios porque Él nos hace como Dios, nos hace hijos suyos. Porque Él nos diviniza con su gracia y nos regala hoy este don inmenso de María. A ella nos encomendamos. Que así sea.

 

+Mario Iceta