Homilía III de Pascua - www.bizkeliza.org
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III domingo de Pascua

Muy queridos hermanos y hermanas:

 

Tres lecturas nos ofrece hoy la liturgia de este tercer domingo de Pascua. Yo quisiera compartir tres reflexiones sobre las lecturas que hemos escuchado.

 

El evangelio es de San Lucas. No era uno de los doce apóstoles; acompañaba a San Pablo en la predicación. San Lucas se propone, pues,  recoger todo lo que los Apóstoles habían experimentado y vivido con Jesús. Por ello escribe dos libros: el Evangelio atribuido a Lucas y los Hechos de los Apóstoles. Al comienzo del evangelio explica como él ha querido informarse de todo lo que ha pasado para dar testimonio de ello. La segunda parte de su obra son estos Hechos de los Apóstoles que nos relatan las vivencias de los primeros años de vida de la Iglesia.

 

Así pues, hoy San Lucas relata el episodio de los testigos de Emaús. Dice que los Apóstoles estaban todavía perplejos; recordemos que ellos eran judíos. Para los judíos la venida del Mesías, que para ellos era Jesús, debía venir con el poder de todas las tribus de Israel. No comprendieron cuando Él les hablaba de su pasión y su muerte, aún menos de la resurrección.  Y precisamente, al Mesías esperado lo matan, lo cuelgan de la cruz como un malhechor y los discípulos viven un profundo desconcierto. ¿Qué es lo que ha pasado? Todo se ha venido abajo. Pero Jesús, en esa confusión, se aparece en medio de ellos. Todavía los discípulos no acababan de creerlo; pensaban, más bien, que era un fantasma. Jesús les dice tres cosas para que vean que no es un fantasma. Primero les dice: mirad mis pies. Mirad los agujeros que dejaron los clavos en mis manos y el costado abierto, soy yo, es mi cuerpo ya glorificado. También hoy nosotros necesitamos ver las llagas de Jesús, su cuerpo glorioso. No solamente les dice "mirad", también les dice "tocadme" para que veáis que un fantasma no tiene carne y huesos como yo tengo. Así les muestra su cuerpo porque la resurrección es, de modo muy importante, cuestión del cuerpo ya que el alma es inmortal. La cuestión es qué ocurre con el cuerpo. Cristo resucita con su cuerpo ya glorioso, glorificado, con nuevas propiedades. No es como el caso de Lázaro que volvió a la vida; lo de Lázaro podríamos decir que es una reviviscencia.

 

Jesús también les dice: "dadme de comer", soy yo en persona, soy yo que está vivo, he recuperado con mi poder una vida nueva, definitiva, que os la comunico para siempre. San Lucas relata: "entonces se les abrió el entendimiento", esta es la clave. Notemos cómo siempre aparece en los relatos de la resurrección el binomio cerrado - abierto. Estaban los discípulos con las puertas "cerradas" y Jesús "les abre". Así pues, "les abre el entendimiento" para que comprendieran las Escrituras como una profecía de Cristo muerto y resucitado. También nosotros necesitamos que el Señor nos abra el entendimiento, nuestra existencia, cerrada por nuestros problemas y prejuicios, por nuestra falta de fe y nuestra cortedad de miras, cerrada porque pensamos que más allá de nuestra cabeza no existe nada, cerrada porque pensamos que somos la norma de todo... Jesús pide humildad y nos abre el entendimiento.

 

La segunda reflexión que quiero compartir con vosotros es que todo esto se ha hecho "para la conversión y el perdón de los pecados". Es la primera lectura que hemos escuchado de los Hechos de los Apóstoles. Cuando vemos cómo Pedro predica quedamos ciertamente sorprendidos pues no era un hombre de letras... Pedro ha cambiado, se le ha abierto el entendimiento, ha recibido el Espíritu Santo. Dice y hace lo que le pide el Señor: "Vosotros sois testigos de esto para el perdón de los pecados y para la conversión". Así, Pedro lo explica todo de modo diáfano, sin medias tintas: "Vosotros rechazasteis a Jesús y elegisteis a Barrabás, vosotros lo asesinasteis pero Él está glorioso y os comunica su vida", y os ofrece el cambio de vuestra vida, la conversión y el perdón de los pecados, si queréis, si os dejéis tocar y abrir por Él. Es por ello que la Pascua no puede dejarnos indiferentes, como si hubiese pasado una año más; ya es primavera, qué bonito está todo, no. Se predica la conversión. Es una llamada fuerte y urgente a la conversión para abrir nuestra mente y cambiar el corazón, abrirnos a la esperanza y construir un mundo nuevo porque las cosas no pueden seguir así. No puede ser que casi 1000 personas se ahoguen en el Mediterráneo. No puede ser que casi cinco millones de personas entre nosotros no encuentren trabajo. No puede ser que a 100.000 niños no se les deje nacer. No pueden ser las guerras y las injusticias. El cambio comienza con la conversión del corazón, recibiendo el Espíritu Santo y el perdón de los pecados. Nosotros, hoy, tenemos que pedir al Señor que nos abra el entendimiento, que nos dé ese don de lo alto.

 

La tercera reflexión es lo que recoge San Juan en su carta: "Os digo todo esto para que no pequéis, pero si alguno peca, tenemos a Jesucristo, el justo, que intercede por nosotros". Este es nuestro consuelo. Somos conscientes de nuestra debilidad, de nuestras caídas. Conscientes de que hoy podemos estar bien y servir a Dios y a los demás, pero mañana todo cambia, nos volvemos ansiosos, nerviosos y hacemos mal las cosas... Tenemos a Jesucristo, el justo, que intercede por nosotros. Si alguno peca, Él está para interceder por nosotros.

 

Por eso hoy, vamos a pedir al Señor que nos muestre sus manos y sus pies, que podamos ver y palpar. Comamos con Él el pan de vida en esta mesa, su Cuerpo y su Sangre de los cuales vamos a participar. Él nos dará de comer y nos lava nuestros pecados. Él abre nuestro entendimiento y llena nuestra vida de esperanza, de un sentido nuevo... Cuando salgamos de esta Eucaristía vivamos de esta Palabra, de esta fuerza que nos comunica. Si alguno cae -caemos- el Señor está para levantarnos e interceder por nosotros. Con esta confianza acudimos a María; que Ella nos ponga ante el Señor y nos acompañe y alegre con la certeza de la resurrección. Que con Ella, Jesús abra nuestro entendimiento, cambie nuestras vidas e iniciemos un camino nuevo hacia la patria del cielo. Amén.

 

+ Mario Iceta