homilía III de Cuaresma - www.bizkeliza.org
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homilía III domingo de Cuaresma

Muy queridos hermanos y hermanas:

 

Estamos caminando hacia las Pascua en estos 40 días que se nos ofrece como un regalo, como una gracia, el don de la conversión. Es lo que el Señor nos está intentando regalar para que cale en nuestro corazón. Somos conscientes de que es verdad que nuestra vida tendrá momentos de luz y de sombras, pero en el fondo sabemos que nuestro corazón quiere mucho más, que nuestra vida necesita ser salvada, ser rehecha. Quizá debamos desandar caminos que inconscientemente hemos realizado, que no nos han hecho felices. El Señor nos aguarda; nos quiere regalar y atraernos a Él. Quiere limpiarnos y despojarnos de tantos andrajos, tantas cosas que hemos cargado en la mochila y nos pesan, y nos quiere hacer renacer en la Pascua. Por eso, dejémonos alcanzar por esta misericordia de Dios que quiere otorgarnos este don de la conversión.

 

De esto vienen a hablar las lecturas que hoy hemos escuchado. Quisiera compartir con vosotros tres reflexiones. La primera, referida a la primera lectura del libro del Éxodo. Hemos escuchado la Alianza que Dios ha hecho con su pueblo. Dios le ha dado el decálogo, los diez mandamientos. Parece que hoy en día es caduco hablar de los diez mandamientos, como algo antiguo, pasado de moda, que ahora no se lleva. Parece que chocan con nuestra libertad. Decir no matarás, no robarás, parece que significa poner límites a nuestra libertad. Es todo lo contrario; el Señor nos da unas pistas, unas guías, para hacer grande nuestra libertad y liberarla de las ataduras, de las esclavitudes. Para que sea una libertad para el bien, verdadera. El Señor nos va dando los dones de la salvación de un modo progresivo. El primer escalón es éste de los diez mandamientos. Recordad aquel joven rico que pregunta a Jesús: -Maestro, ¿qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna? Es la pregunta constante en el ser humano de todas las épocas. ¿Qué tengo que hacer para vivir en plenitud? La primera respuesta de Jesús es: -Cumple los mandamientos. Hemos escuchado también el salmo 18 donde se recita "la ley del Señor es perfecta, es descanso del alma, es límpida, da luz a los ojos, vale más que el oro, es más dulce que la miel..." Así pues, el decálogo se nos da para nuestra ayuda porque, en último término, al decirnos el Señor no robes, no mates, no mientas... no sólo es impedir que hagamos un mal a un tercero, sino impedir que te hagas un mal a ti mismo, evitar que vivas por debajo o en contra de tu propia dignidad. Conocemos la afirmación aristotélica "el obrar sigue al ser". Los seres actúan según son... Pero también es cierto lo contrario: las obras construyen a la persona. Decir que no mientas, es para que no te conviertas en un mentiroso. Decir que no robes, es para que no te conviertas en un ladrón. Decir que no mates, es para que no te conviertas en un homicida. Decir que no cometas adulterio, es para que no seas esclavo de tus instintos... Los mandamientos son ayudas para que aprendas a elegir bien, y que no seas un ser mezquino, arrogante, mentiroso, ladrón... sino una persona verdadera, generosa. Son ayudas para que te conviertas en una persona capaz de vivir el amor y el perdón. Es así como el primer peldaño de la pedagogía de Dios es el decálogo, la base sobre la que Él va a construir nuestra persona. Posteriormente vendrán las bienaventuranzas que llevarán a plenitud el decálogo. Y también vendrá la gracia, el don del Espíritu Santo, que nos ayudará a interiorizar el decálogo, a hacerlo nuestro, a hacerlo vida por la gracia de Dios. Él viene en nuestra ayuda. Podemos preguntarnos entonces: ¿Aprecio realmente el decálogo? ¿Es una guía para mis actos? ¿Soy consciente de que son límites que, rebasándolos, me convierto en una persona que no vive en plenitud, en verdad? ¿He echado mi vida por la borda y vivo de cualquier manera?

 

La segunda reflexión viene de la última parte del evangelio que hemos escuchado. Decía Jesús que no se fiaba de ninguno porque Él conoce lo que hay en el interior de cada hombre. ¡Qué importante es esto de conocernos por dentro! Ahora bien, no con nuestros propios ojos que son miopes. Ser capaces de decir: -Señor, que yo me conozca como Tú me conoces. ¿Cómo soy yo ante Ti? Cierto que veremos los dones y luces que él nos ha dado, virtudes, regalos... Muchísimos. Pero también es cierto que sus ojos descubren los lados oscuros de nuestra vida, los miedos, los abismos, los pliegues del corazón, cosas que nos esclavizan, inclinaciones que nos quitan la paz... Este conocimiento es necesario para acoger el don de la conversión de modo eficaz. Necesitamos esta luz del Señor para preguntarnos qué cosas nos hacen daño, de qué tenemos que ayunar. Qué debes arrancar de mi vida Señor, que me impide volar y me retiene en tierra, que me hacen infeliz, que me quita la paz, que impide que tenga un trato con los demás como se merecen... Necesitamos esta luz del Señor y se lo tenemos que pedir: -Dame la gracia, dame luz, libérame de lo que me ata o esclaviza y no me deja vivir como hijo tuyo.

 

La tercera y última reflexión que me gustaría compartir se refiere a este episodio del evangelio que hemos escuchado donde el Señor, por última vez, se dirige a Jerusalén antes de celebrar la Pascua definitiva, la Pascua de la entrega de su cuerpo y su sangre. La Pascua judía era signo y profecía de esta única y verdadera Pascua. El Señor entra en el templo y ve que aquello que debería ser casa de oración, de presencia de Dios, se ha prostituido y convertido en un mercado. El Señor comienza a purificar el lugar volcando las mesas de los cambistas, a echar fuera ovejas y bueyes, a expulsar todo aquello que mancilla esa santidad del templo de Dios. El evangelio también nos ha dicho que Él hablaba del templo de su cuerpo. Quisiera fijarme también en lo que dice San Pablo al respecto; también nosotros "somos templos del Espíritu Santo". Y fijarnos en nuestra vida llena de cambalaches, llena de tantas mesas de cambistas, tantos animales paseándose por mi corazón, por mi vida... Necesitamos que el Señor lo purifique, que vuelva nuestra vida a ser un templo Santo, limpio, transparente, donde encontremos a Dios en nuestro corazón, en nuestra intimidad. Donde no nos dé miedo mirarnos hacia dentro porque existen cosas que no nos gustan. Pidamos al Señor que expulse de nuestro corazón a los cambistas, animales, que negocian con lo nuestro, que negocian con Dios, que deshace la santidad de nuestra vida.

 

Necesitamos pedir en este tiempo de Cuaresma el don de la conversión, no fruto de nuestro esfuerzo primariamente sino, ante todo, de la gracia de Dios, del fruto que nos quiere dar y que requiere nuestra colaboración y aceptación. Querer recomenzar la vida desde Él. Se lo pedimos esta tarde en el ecuador de la Cuaresma. Aprovechemos este tiempo de gracia para que el Señor nos vuelva a Él. Lo pedimos hoy por intercesión de la Virgen María. Amén

 

 

+Mario Iceta