homilía II de Cuaresma - www.bizkeliza.org
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homilía II domingo de Cuaresma

Muy queridos hermanos y hermanas:

 

Quisiera compartir con vosotros dos breves reflexiones esta tarde. Una primera, referida al fragmento del libro del Génesis que hemos escuchado y una segunda, sobre este pasaje de la transfiguración que nos relata el evangelista Marcos.

 

Hemos escuchado el relato conmovedor del libro del Génesis. Una profecía perfecta de Cristo que ofrece su vida como ofrenda de amor al Padre. Hemos escuchado cómo Abraham, nuestro padre en la fe, había concebido un hijo de su mujer Sara. Tenía otro hijo de la esclava Agar que se llamaba Ismael. Pero el hijo de la mujer libre es Isaac, recibido en la ancianidad como un regalo de Dios, como un signo de que Dios estaba con él y que lo acompañaba. Dios le pidió salir de su tierra y ahora le hace una segunda petición para ponerle a prueba, para ver el modo en que se sitúa su corazón. Le pide que ofrezca en sacrificio lo que él más quería, a su hijo Isaac. El relato muestra también una conversación que tiene con su hijo Isaac cuando van de camino al monte Moriah a ofrecer el sacrificio; es el monte donde se construyó mucho después el templo de Jerusalén. En esa conversación Isaac le dice a su Padre: -yo llevo la leña cargada al hombro; imagen de Cristo que va llevar el leño de la cruz cargado en su hombro. De camino hacia el altar, imagen del Calvario, altar de Cristo, llevan también el fuego, imagen del Espíritu Santo. Isaac le pregunta: -Padre, ¿dónde está la víctima que vamos ofrecer? Abraham calla porque su corazón reposa en la infinita confianza que tiene en Dios: -El Señor proveerá, hijo mío. Ya en el monte, Abraham coloca a Isaac en el altar, pero en el momento del sacrificio aparece el ángel del Señor que detiene la mano de Abraham. Se ha cumplido la prueba; Abraham ha mostrado su obediencia extrema.

 

Y es que el Señor acepta como sacrificio supremo el sacrificio de la voluntad: ?Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad?, reza el salmo 39. Esta voluntad incluye incluso aquello que tenemos como lo más precioso. Abraham había ofrecido a su hijo. Pero no se puede vivir esta obediencia sin dos elementos previos y necesarios: la confianza en Dios y el amor a Dios. Como decimos en el padrenuestro "hágase tu voluntad en la tierra", en mi corazón, en mi casa, "como en el cielo". No se pueden decir estas palabras en verdad si no hay una confianza infinita en Dios porque, aunque a veces no lo entienda, se que tu voluntad, Señor, es lo mejor, sé que eres amor y que tú me amas y quieres lo mejor para mí. En el fondo, no cumplir la voluntad de Dios o, ni siquiera, preguntar cuál es su voluntad para mi, no deja de ser signo de desconfianza en Dios, de que en el fondo no estamos seguros de que Dios nos ame, no sea que nos pida algo demasiado difícil. ¡Cómo me gustaría tener ese corazón de Abraham, de absoluta obediencia al Señor, de absoluta confianza! Cuánta paz vendría a nuestro corazón si viviéramos en esta confianza. De hecho nos dice el profeta Jeremías: ?Maldito el que confía en el hombre,? Bendito el que confía en Dios? (Jer 17, 5.7). En cuántas cosas confiamos que no son confiables. Confiamos en nuestra cuenta corriente, en nuestras pequeñas seguridades y desconfiamos de Dios. Es la enseñanza que nos ofrece esta profecía de Cristo quien también irá a la cruz a ofrecer su voluntad, su cuerpo, abrasado por el don del Espíritu Santo que es amor, llevando ese leño, esa cruz de la pasión como llevaba Isaac la leña al monte Moriah para su propio sacrificio.

 

Vemos a Jesús en este pasaje de la transfiguración en la última peregrinación que realiza a Jerusalén. Como, bien sabéis, Jesús habitaba en el norte del país, en torno al lago de Galilea que dista unos 130 kilómetros de Jerusalén. Cada año los judíos piadosos en una gran caravana llegan a Jerusalén el día de Pascua, miles de personas y animales que se acercan a Jerusalén a celebrar la Pascua. Jesús peregrina por última vez a Jerusalén, sabe que es el camino definitivo, que no va a retornar, que la voluntad estar pronta para ser ofrecida. De camino a Jerusalén piensa con ternura en sus apóstoles: -Estos pobres míos van a sufrir el escándalo de la cruz, se va a tambalear su fe y se van a dispersar. De camino a Jerusalén sube a este monte Tabor un tanto extraño; una especie de plato invertido en una llanura. Aquí se produce este fenómeno extraordinario donde Jesús se manifiesta como Dios, manifiesta su gloria, su resplandor. Es por ello que a los santos los pintamos con ese halo de luz en la cabeza, es la gloria de Dios, la gloria de los santos que es Cristo, el Santo de los santos. Jesús se manifiesta a sus discípulos para decirles que es hombre verdadero y Dios verdadero. Es una llamada a contemplar su rostro. Por eso Pedro dice: -Señor, qué bien estamos aquí, quedémonos para siempre en esta gloria, en esta paz del corazón, en esta visión que da la presencia de Dios. Jesús dice: no, tenemos que bajar. Tengo que ir a entregar mi vida Jerusalén. He hecho esto para que comprendáis que aquel varón de dolores que colgará de la cruz lleno de sangre, destrozado, despedazado, es el mismo que hoy se transfigura, es el hijo de Dios.

 

Esto lo hace el Señor también por nosotros. Nuestra vida es un camino lleno de cruces, de oscuridades, de dudas. El Señor también se transfigura en nuestro caminar. Así lo ha manifestado la Segunda Carta a los Romanos que hemos escuchado. Si Dios está con nosotros ¿quién estará contra nosotros? Dios está con nosotros. Ojalá, en el caminar le veamos también transfigurado. Ojalá, en los momentos de oscuridad nos muestre su rostro y nos diga: -No temas, no estás solo, yo estoy contigo, confía en mí, no te voy a dejar, te voy a mostrar mi rostro, te voy a dar mi luz. Que en aquellos momentos de crisis y angustia de nuestra vida los vivamos con mucha más paz, con mucha más confianza. Pongamos nuestro corazón delante de este rostro de Cristo transfigurado, camino de nuestra pasión, camino de nuestra cruz. Pedimos hoy así al Señor que vivamos en esta obediencia, confianza y amor de Abraham. Y que el Señor, en los momentos de dificultad nos muestre su rostro, llamados a contemplarle para siempre, a tener esa paz, es alegría de corazón.

 

Hoy celebramos esta Eucaristía por el sacerdote benemérito cuyo proceso de beatificación estar abierto desde hace un año en la archidiócesis de Milán, fundador del movimiento Comunión y Liberación. Es un movimiento eclesial que experimenta el método que inspirado en Luigi Giussani. Un método para nuestra vida corriente y ordinaria donde podamos descubrir las huellas de Dios, las llamadas de Dios, su rostro transfigurado y su presencia, y caminemos seguros hacia Él, haciendo el bien, curando a los oprimidos por el mal, siendo testigos de la misericordia y la salvación que el Señor nos ofrece. Pedimos hoy a la Virgen María que nos acompañe en este tiempo de Cuaresma. Amén.

 

+Mario Iceta