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3º domingo de Adviento

Muy queridos hermanos y hermanas:

Dos son los temas que hoy la liturgia nos trae a nuestra consideración. En primer lugar, el tema de la alegría. Estamos celebrando el domingo de la alegría. Isaías nos acaba de decir: "Desbordo de gozo con el Señor". Hemos cantado con el salmo el Magnificat: "glorifica mi alma al Señor", el canto de María. Y San Pablo nos decía: "Estad alegres en el Señor".

 

¿Cuál es el motivo para estar alegres? Muchos podrían objetar: -¡Con la que está cayendo! En mi familia hay gente que no trabaja. Familias que llegan mal o que no llegan a fin de mes. Personas con enfermedades. Estamos de luto por un amigo o un familiar que ha fallecido. En este mundo convulso con las guerras, con las hambrunas, con la incertidumbre de futuro. No basta decir estad alegres. ¿Cuál es el motivo de esa alegría? ¿Podemos realmente, en esta situación estar alegres?

 

Isaías nos habla de un mensajero que porta una promesa. En esta última parte de Isaías que esta lectura de la Escritura nos ha traído se nos habla de un mensajero que dice: "El Espíritu está sobre mí". Todavía Isaías no sabe quién es este mensajero. Lo hace de un modo profético. El Espíritu de Dios está sobre mí porque me ha ungido. Me ha dado su Espíritu y su bendición, me ha enviado. No sólo es un mensajero sino un mensajero consolador, médico, Salvador. El Señor me ha enviado a sanar los corazones rotos, sufrientes y desgarrados. Me ha enviado como liberador a libertar a los encarcelados, a saltar los cepos de los que están prisioneros. Me ha enviado a proclamar la buena noticia, el año de gracia, la gracia de Dios. Por tanto, se nos anuncia que alguien viene a traernos la paz, la salvación, la curación a nuestros dolores. Son exactamente las palabras que dice Jesús cuando entra en la sinagoga. Desenrollando precisamente el libro de Isaías leyó este pasaje. "El Espíritu del Señor está sobre mí..." Y termina diciendo "hoy se cumple esta palabra". Soy yo el mensajero. Soy yo el médico. Soy yo el Salvador. San Pablo terminará diciendo: Él es fiel y cumple la promesa. Quizá en este mundo de hoy no estemos acostumbrados a cumplir las promesas. El tema de la fidelidad no es una virtud que brille precisamente. Cristo es fiel y Él cumple.

 

Por tanto, la alegría se basa en la esperanza cierta y la confianza de alguien que proclama que trae la salvación, que viene a vendar nuestros corazones. Esa promesa se cumple en Cristo. Por eso, los que somos de Cristo por el bautismo, los que somos cristianos, tenemos un motivo cierto para esperar. Tenemos una razón para decir: Es verdad. La salvación no brota del género humano, sino que viene de Dios a través del corazón humano. Él nos trae su gracia. El trae un corazón nuevo y compasivo para nosotros. Él nos posibilita el modo de construir, no nuestro reino, sino su Reino. Un reino donde podamos habitar. Un reino que Él prepara para nosotros. Mientras esperamos a que este reino se de en plenitud, San Pablo nos describe cómo tiene que ser nuestra vida: estad alegres, fiados de esa promesa. Orad, nos ha dicho. La vida cristiana tiene que estar transida de oración que nos posibilita ver la vida con ojos nuevos, con los ojos de Dios, con los ojos del discípulo. También nos ha dicho: "cantad siempre acciones de gracias, no apaguéis el espíritu profético". Y algo muy importante nos ha dicho también: "Vosotros examinadlo todo y quedaos con lo bueno". ¡Qué importante es esto para la vida de hoy, para nosotros, para la educación de los niños y los jóvenes! Hoy en día, por decirlo de alguna manera, tenemos amplias tragaderas. Lo examinamos todo y nos quedamos con todo sin discernir: mira, esto me hace daño. Esto no me conviene. Esto atenta la dignidad humana. Esto es chismorreo. Esto es venganza. Esto es vender el cuerpo de otro. Todo entra en nuestra vida y parece como que nos envenenáramos poco a poco. Me recuerda a esos mares que están llenos de mercurio y de plomo. Uno come el pescado de esos sitios y se va envenenando poco a poco. Vosotros discernirlo todo y quedaos con lo bueno. No os apeguéis a lo malo. Tenemos que pedir al Señor ese don de discernimiento.

 

Esto viene en el evangelio de hoy. Para poder discernir, alguien nos tiene que dar luz para ver, para saber cómo caminar, para saber qué es lo bueno para mi vida, qué es lo bueno para mi corazón, para todas las personas que me rodean. Aquí viene este testigo de la luz que es Juan el bautista. Es el segundo tema de las lecturas de hoy. Dice: "yo he venido como testigo de la luz, yo no soy la luz. Yo soy la voz que clama en el desierto: preparad el camino al Señor". Los que rezamos el oficio nos hemos encontrado hoy una hermosa homilía de San Agustín que describe una relación entre la voz y la Palabra. San Agustín dice: la voz es la que porta la Palabra. Es el medio, pero lo que importa es la Palabra que da sentido y contenido. La Palabra es Cristo, la luz, la verdad. Juan es la voz, lo que transmite la Palabra, lo que acerca a la Palabra y la señala. Necesitamos a alguien que nos ayude a recibir esa luz y nos disponga para poder discernir y caminar en nuestro mundo, ciertamente de desorientación. ¿Hacia dónde va nuestro mundo, nuestra sociedad? ¿Qué es bien y que es el mal? ¿Hacia dónde queremos caminar? El mundo no acaba de responder estas cuestiones fundamentales. Por eso necesitamos más que nunca la luz. La luz nace en la noche de Belén, nace de modo humano, en la humildad y en la sencillez. Hace falta ese corazón de los pastores sencillos, sin complicaciones ni prejuicios que se acercaron al portal para ver a la Palabra hecha carne, para ver la luz en medio de la oscuridad.

 

 

Queridos hermanos y hermanas, se acerca la Navidad a pasos agigantados. Vamos a preparar nuestro corazón. Vamos a pedir al Señor esa alegría profunda, no un simple placer o bienestar -es algo mucho más profundo, algo propio del alma, de lo más secreto y profundo de nuestro ser-. Vivamos esta alegría y pidamos que Juan el bautista nos allane el corazón, nuestra existencia, para recibir la luz. Para recibir al Señor en la noche de Navidad. Él es nuestra esperanza, la fuente de la alegría. Por eso la Virgen María, cuando rezamos el rosario, en una de las invocaciones le decimos: "Causa de nuestra alegría" porque ella nos da al Señor que es nuestra alegría. AMEN.

+Mario Iceta