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2º domingo de Adviento

Queridos hermanos y hermanas:

 

Estamos leyendo la primera lectura del libro del profeta Isaías que nos acompaña hasta el portal de Belén. Un libro que, como ya dije días pasados, se escribía en un arco de más de doscientos años y que consta de tres partes. Alrededor de ochocientos años antes de Cristo, el pueblo judío es invadido por los asirios y es deportado a Babilonia. Un momento de gran tristeza y gran desolación para el pueblo judío, el pueblo elegido. El pueblo cuidado por el Señor resulta incomprensiblemente que es conquistado. Es destruida la ciudad y son deportados a Babilonia. Unos doscientos cincuenta años después, la misma Babilonia es conquistada por los persas y de este pueblo surge el rey Ciro de Persia que decreta la vuelta del pueblo judío a su tierra. Es vuelta al monte Sión, de nuevo a Jerusalén y así comienza la segunda parte del libro de Isaías que se llama el libro de la consolación porque comienza precisamente con los versículos que hemos leído: "consolad a mi pueblo". El pueblo elegido será nuevamente restablecido, nuevamente guiado a su casa, a su templo, será llevado de nuevo al lugar donde el Señor se manifiesta.

 

Este libro de la consolación casa bien con el tiempo de Adviento que estamos celebrando. El Señor nos pide que, como el pueblo elegido, nos pongamos en camino en la esperanza de encontrar al Señor que en este caso no está en el monte Sión sino que se encuentra pequeño, niño, humilde, en el portal de Belén.

 

Las oraciones colecta que dan sentido a la misa y que estamos recitando en estos domingos recuerdan esto: salgamos animosos al encuentro de Cristo que viene, despertando el deseo, preparándonos con las buenas obras. Que no nos distraigan las preocupaciones de la vida, sino que seamos guiados por la sabiduría divina. El encuentro con Dios, por tanto, necesita de dos movimientos: de Dios que viene, que ciertamente viene, y nosotros que también salimos a su encuentro. Sin dejarnos distraer por aquello que nos aparta del camino, guiados y sostenidos por el Espíritu Santo quien nos lleva al encuentro del Señor.  Por tanto, se nos habla de una esperanza.

 

Así, la segunda carta de San Pedro que hemos escuchado nos dice que nosotros aguardamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habita la justicia. No abordamos una creación recauchutada, parcheada por el hombre, siempre imperfecta. El gran engaño del ser humano es pensar que él, por sus propias fuerzas, puede arreglarlo todo; bien sabemos que podemos arreglar muy poquitas cosas, a veces es mejor no tocar nada porque lo empeoramos. Nosotros no aguardamos un segundo barniz, sino un cielo nuevo y una tierra nueva. Es la esperanza del hombre que conviene al corazón humano. Cualquier otra esperanza es pequeña para nuestro corazón.

 

Por eso dice el salmista: maldito quien confía en el hombre; bendito el que pone su esperanza en el Señor. No nos conformamos con una tierra arreglada como de segunda mano. Nuestro corazón ansía el cielo nuevo y la tierra nueva. Por ello dirá el Señor en el Apocalipsis yo lo hago todo nuevo. O cuando celebramos la Eucaristía decimos de la sangre derramada, es sangre de una alianza nueva y eterna. Sellada no en sangre de animales sino en la sangre de Cristo.

 

Además, el apóstol San Pedro ha señalado otra cuestión muy importante: aguardamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habite la justicia. Las palabras santidad y justicia se expresan en hebreo con la misma palabra: "sadeq". Aquel que es justo y es santo. La Escritura nos está diciendo que para que haya justicia debe haber un cambio en el corazón; un corazón renovado. Esta cuestión se aclara mejor con una palabra que contraria a la justicia, que es la palabra corrupción: "cor ruptus". La corrupción es el corazón roto , lo contrario a la justicia. En cambio la justicia es santidad, un corazón renovado, un corazón nuevo. ¡Cuánto necesita la sociedad de hoy conocer la sabiduría de la Escritura para tener una solución real a la corrupción!, para que la justicia sea cierta y verdadera. Esto pasa siempre por un corazón renovado.

 

Hemos escuchado el comienzo del evangelio de San Marcos que nos va a acompañar los domingos del ciclo B. Es el evangelio más sencillo. Nos presenta la figura del profeta por excelencia, San Juan bautista. Así como Elías es el primer profeta, Juan bautista es el último gran profeta, enviado a preparar el camino del Señor, enviado para prepararnos el camino de modo que podamos encontrarnos con el Señor. Nos exhorta: -Convertíos. Está cerca el que viene. El evangelio nos ha dicho que vestía con piel de camello, con un cinturón a los lomos y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre. Él nos invita a prepararnos de un modo austero, a prepararnos en la penitencia, a prepararnos en la oración.

 

¡Qué extraña la manera que tenemos de prepararnos para la Navidad! Si bien el profeta nos ha dicho de un modo austero, nosotros estamos preocupados en llenar la despensa hasta arriba. Debemos hacer oración y, sin embargo, no lo hacemos porque tenemos muchas cosas que hacer que nos distraen precisamente de algo fundamental como es la oración. Quien viene detrás de mí -nos dice el profeta- bautizará con el fuego del Espíritu Santo que quema y extingue todos los pecados, todas las faltas y nos calienta el corazón con el don de Dios. Hace prender el fuego en el corazón como en Pentecostés, donde el Espíritu Santo aparece en forma de llamas de fuego en las cabezas de los Apóstoles.

 

Terminando la novena de la Inmaculada, recordamos a María que nos acompaña en el Adviento hasta el portal de Belén. Nadie mejor que Ella esperó con ardor el nacimiento del  Señor. Nadie mejor que Ella nos puede enseñar a esperar y a la conversión paciente pero decidida de nuestro corazón. Nadie mejor que Ella se hace compañera de camino. Hacia esa esperanza cierta que es el Señor. Pidamos en este segundo domingo de Adviento que María nos disponga el corazón para salir al encuentro del Señor que viene, cargados de buenas obras. Que no nos distraigan las preocupaciones del mundo sino que el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios nos guíe y nos lleve hasta el portal de Belén. Amen.

 

+Mario Iceta