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1º domingo de Adviento

Queridos hermanos y hermanas:

 

Comienza hoy para la Iglesia el año litúrgico, que no coincide con el año cósmico. De este modo, la liturgia nos está diciendo que las cosas, el cosmos, dan una medida pero la medida de Dios es distinta. La medida de Dios es la vida de Jesús y, por eso, para la iglesia el primer día del año no es el 1 de enero sino el primer domingo de Adviento con la espera de la venida de Cristo. Y termina el año litúrgico cuando celebramos a Cristo como Rey del universo, como hicimos el domingo pasado; proclamamos la venida definitiva de Cristo.

 

Por tanto, ya la iglesia nos está diciendo que existe una medida distinta; una medida que es personal, que no es simplemente la materia el cósmica, física, astrológica, sino la medida de un amor, la medida de una Persona que ama; la medida de un Dios que nos ha amado tanto que se ha hecho niño. Esa es la medida de lo humano, porque es la medida de Dios. Esa es la medida de las cosas y, por eso, para la Iglesia, en el rito latino que nosotros celebramos, son cuatro las semanas de Adviento. En el rito ambrosiano son seis semanas de adviento. Y en los ritos orientales se funden el fin con el comienzo del año litúrgico; en todo caso, la Iglesia siempre tiene un tiempo de disponer la vida y el corazón para acoger el misterio de Dios.

 

La oración colecta nos ha dicho cuál es el elemento fundamental para acoger a Jesús: ¡Oh Dios, aviva en tus fieles al comenzar el Adviento el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene!; avivar el deseo de Cristo, la memoria de Cristo. He visto cómo las luces de Navidad se han encendido antes. El mundo consumista también tiene su ritmo litúrgico adelantado. ¿Qué pueden esperar los que sólo confían en el consumo? Espera regalos para calmar su tristeza. Espera consumo para que venga después la cuesta de enero. Nosotros esperamos a Cristo en la pobreza, en la desnudez, en la humildad, en la sencillez. La Iglesia nos dice hoy: -Aviva el deseo de Cristo.

 

La primera pregunta sería entonces ¿qué espero yo en la vida?; y en mi vida, yo ¿a quién espero? Da la sensación que el mundo contemporáneo ha matado la espera y la esperanza; sólo cabe esperar el momento inmediato. Cuando llegue el final de mi vida quizá haya gastado el tiempo y sigo preguntando qué espera mi corazón. ¿Qué esperamos en Navidad? ¿Esperamos a Aquél que viene a mi corazón? O bien, ¿Esperamos todas esas cosas que nos dejan por experiencia el corazón frío y acartonado? El profeta Isaías lo ha dicho de un modo radical y gráfico: ¡Ojala rasgases el cielo y bajases y derritieses los montes con tu presencia! El profeta ha continuado: ?Ya has bajado y has derretido los montes?. Es verdad, has bajado y has abierto el camino rasgando el cielo para que nosotros podamos caminar hacia el cielo, porque el poder del amor es más fuerte que el poder cósmico, que la materia. El profeta ha dicho además: ?Porque jamás ningún oído ha escuchado, ni ningún ojo ha visto fuera de ti ningún Dios que hubiera ayudado tanto a quien espera en Él?. Muchas veces hablamos de esperanza como una palabra vacía. La esperanza tiene un rostro, ese Dios que ayuda a quien espera en Él. Por ello, si nuestro corazón solamente espera aquellas cosas materiales sería una espera chata, pequeña; no merece la pena esperar por lo material. Si fuera una realidad simplemente humana sería infinitamente mejor pero sigue siendo pequeña para nuestro corazón. Dios colma a aquél que espera en Él, le da un modo nuevo de ver la realidad y la vida. Un modo nuevo de posicionarse ante la existencia.

 

Prosigue la oración colecta: ¿Cómo avivar la espera? Practicando las buenas obras. También Isaías dice en otro fragmento: no es el ayuno que quiero el que te vistas de saco, o que te cubras de ceniza. No es el sacrificio que a mí me interesa. El sacrificio que me interesa es: da de comer al hambriento, da de beber al sediento. Revienta los cepos de las cárceles. Libera al que está cautivo y, entonces, sanará tu carne. Entonces la oscuridad se hará mediodía, y clamarás a Dios y te dirá: Aquí estoy. Se aviva el deseo de Cristo cuando uno sale de sí mismo al encuentro de los demás. Esto es un elemento fundamental de toda la predicación del Santo Padre Francisco: salir de sí para darse a los demás. De ese modo se aviva el deseo de Cristo. La carne sana de ese modo se despeja la tristeza.

 

Hoy estamos celebrando la apertura del año de la vida consagrada. Precisamente la vida consagrada es esta memoria de Cristo. Los consagrados son memoria de Cristo. Una medida que es más que la medida del mundo. Son vidas entregadas, consagradas, acogidas por Dios y dedicadas a Él, sólo a Él, por amor para el servicio de los hermanos. Cuando celebramos la Eucaristía y hoy, queridos hermanos os pido, que viváis de modo más intenso la consagración, viviendo las palabras de Jesús: este es mi Cuerpo que se entrega[mi1] . La vida consagrada es un cuerpo que Dios ha acogido y que con Él es entregado al servicio de los hermanos. Con el Cáliz decimos lo mismo: este es el Cáliz de mi sangre. La sangre en la Escritura es el principio vital, sinónimo de vida. Sangre de una Alianza nueva y eterna. La vida consagrada es signo de una Alianza nueva. Es profecía para el mundo. Es contracultural para el mundo. El mundo sigue corrompido por el dinero, por el tener, por el poder, no hace falta más que ver los medios de comunicación; los consagrados viven la pobreza.  El mundo es corrompido por la sensualidad, la lujuria, los consagrados viven la virginidad perfecta y la continencia. El mundo es corrompido por el egoísmo, por el orgullo, por la imposición del propio criterio; la vida consagrada es la obediencia como Cristo es obediente. Por ello mismo la vida consagrada es contracultural, sangre derramada de una Alianza nueva y eterna.

 

Y la vida consagrada nos anuncia que nuestra morada definitiva no es ésta. Mi corazón no se conforma con esta morada, es poco para el corazón humano. La vida consagrada es esa memoria de Cristo que es vida para siempre. ?Permaneced en mi amor?: esa es nuestra morada. Ojalá que este año hagamos memoria de la vida consagrada pidiendo al Señor que la remueve profundamente bebiendo de las fuentes del Evangelio y de la tradición de la Iglesia, del carisma puro por inspiración de Dios como obra el Espíritu Santo, obra de un carisma nuevo en la Iglesia. Damos gracias a Dios porque nuestra diócesis ha dado tantos consagrados a la Iglesia como memoria de Cristo, que es la medida de todo, también la medida de lo humano.

 

Sé que muchos comenzarán hoy esta venerable tradición de la novena de la Inmaculada. María es la mujer vestida de sol que espera. Las que sois madres sabéis bien con qué emoción interior se vive la espera de ese hijo que es carne nuestra. El tiempo de Adviento es el tiempo de la espera de María que se hace esperanza cierta. De Ella procede nuestra esperanza. De Ella procede Cristo. Carne que se ha hecho como nosotros para poder rasgar el cielo y penetrar en él. Pidamos a María que Ella nos enseñe a esperar, nos enseñe a avivar el deseo y a avivar la memoria de Cristo. Ojalá que tengamos esa libertad evangélica de no esperar cosas materiales que se las lleva el viento, sino esperar al amor de Dios y a esperarlo en el servicio a los hermanos. Amen.

 

+ Mario Iceta