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Salud y Tercera Edad

Necesidades espirituales del ser humano.

Cuestiones preliminares

Francesc Torralba i Rosselló

Filosofo y teólogo, Profesor de la Universitat Ramón Llull (Barcelona)

y colaborador del Institut Borja de Bioética

 

El autor quiere explicitar unas constataciones previas y exponer, en primer lugar, las herramientas intelectuales que ha utilizado en la dilucidación de esta cuestión. El cree que es un trabajo de honradez intelectual mostrar cuales son las fuentes que uno utiliza cuando se dispone a explorar un tema complejo como, por ejemplo, el de las necesidades espirituales del ser humano.

 

1. Lo espiritual se dice de muchas maneras

La primera constatación que deseo poner de manifiesto es la extraordinaria ambigüedad del termino espiritual. Esta ambigüedad se puede simplemente constatar con un análisis comparativo de distintos diccionarios donde se defina la palabra espiritual, sea, por ejemplo, el Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora, sea un diccionario de Mística o de Ciencias de la Religión. En todos ellos, aparece como una palabra extraordinariamente polisemica. Esta consideración me parece clave, sobre todo frente a las posibilidades de reduccionismo de lo espiritual y de las comprensiones unilaterales o unidimensionales de dicho termino. A partir de un simple cotejo con la bibliografía filosófica y teológica al uso, uno llega a la conclusión que lo espiritual puede ser considerado de maneras muy distintas.

El mismo termino Geist es utilizado por Friederich Wilhelm Hegel, por Max Scheler, por Karl Rainier y por otros grandes hitos de la historia del pensamiento occidental. En cada uno de sus planteamientos, la palabra adopta un significado particular. En algunas antropologias, se llega a definir al ser humano como espíritu en el mundo o como espíritu encarnado. El mismo termino es sujeto de usos muy distintos, lo que conduce a una situación de perplejidad, pero que, a su vez, abre distintas posibilidades intelectuales.

No hay un canon, ni una dogmática sobre lo espiritual. Esta circunstancia permite abrir perspectivas muy amplias, pero también tiene un riesgo que es la multiplicación de discursos y la caída de una especie de relativismo. Al final, uno puede llegar a tener la impresión de que todo vale cuando se habla de lo espiritual, que todo se puede decir, que todo tiene cabida en lo espiritual. Y entonces naturalmente se produce una especie de caída en el relativismo de los discursos. Por lo tanto, entre esa dogmática cerrada en torno a lo espiritual, entendida de un modo determinado y esta constelación de múltiples significados en el que estamos ubicados hoy, creo que es esencial, tratar cuando menos de encontrar un concepto vertebrado y justificado filosóficamente.

1.2. Lo espiritual en la cultura postmaterialista

Una segunda premisa consiste en constatar la emergencia de este concepto precisamente en el contexto de una sociedad que algunos filósofos y sociólogos caracterizan como postmaterialista. Algunos pueden tener la impresión de que nuestra sociedad es materialista, o mas precisamente, hipermaterialista. Sin embargo hay síntomas, especialmente en las nuevas generaciones, en las tablas axiológicas de las nuevas generaciones de un cansancio, de un agotamiento del modelo de sociedad materialista. Eso lo expresa muy bien R. Inglehardt en un análisis entorno a los valores de la juventud postmoderna, donde detecta que no es una casualidad que la decadencia de la sociedad materialista tenga como correlato el deseo de espiritualidad. Hay múltiples ejemplos que avalan esta tesis.

1.3. La emergencia de lo espiritual

Todavía una tercera constatación a modo de prolegómeno: vivimos una emergencia de lo espiritual en un claro tono sincrético, y a lo sumo en un tono interreligioso o ecuménico que merece la pena analizar. El tratamiento de lo espiritual en la sociedad postmoderna ya no obedece a los esquemas de la sociedad cristiana occidental.

Es decir, hay una apertura a lo espiritual, pero desde el sincretismo, desde la unión de tradiciones espirituales distintas. En las personas jóvenes se detecta un creciente interés por tradiciones espirituales nuevas en el horizonte de la sociedad occidental, por esas que resultan una novedad. Estas tradiciones contemplan dimensiones del ser humano que han sido olvidadas, eclipsadas durante esa hegemonía del materialismo en el que hemos educado las nuevas generaciones durante largo tiempo.

Se observa una apertura a lo espiritual de tipo sincrético, completamente heterodoxa, y que tiende a buscar puntos de unión y convergencia entre las distintas tradiciones. Se celebran encuentros de carácter ecuménico e interreligioso, que no tiene nada que ver con lo sincrético. Se detecta la apertura a lo espiritual desde el dialogo de las distintas tradiciones, tratando de ver lo que las une. En esta tarea, la filosofía intercultural está jugando un papel de primera magnitud.

1.4. Lo espiritual como moda

Una ultima constatación: lo espiritual se está convirtiendo en una moda, en un puro esteticismo que, sin lugar a dudas, tiene que ser considerado críticamente. Jacques Maritain se refería al culto al tiempo y a lo nuevo como una forma de novolatria, que consiste en la tendencia a convertir en bueno la ultima corriente de moda, solo por el hecho que es lo último que ha aparecido. Esta tendencia lleva asociada una actitud de desprecio hacia lo que se ha dicho siempre. El filosofo tomista se refería naturalmente al rechazo de la philosophia perennis, y se lamentaba de la tendencia a sumarse a la ultima moda.

Lo espiritual está de moda. En los objetos audiovisuales, en los productos del mercado, la marca espiritual se convierte en realidad de consumo. Lo espiritual vende. Eso se detecta de una manera extraordinariamente visible en las redes telemáticas. Por ella, navegan auténticos mercenarios de lo espiritual que reciben, sumas extraordinarias como consecuencia de sus servicios y de su pretendida asistencia espiritual. Merece la pena no caer en ese culto a la novedad y mostrar cómo lo espiritual, al menos en las grandes tradiciones, nunca ha sido olvidado, sino que revela una dimensión básica del ser humano.

1.5. Lo espiritual desde la perspectiva judeocristiana

En la sociedad actual se ha olvidado durante un largo tiempo lo espiritual, pero lo espiritual no es una moda en el pensamiento de raíz judeocristiano, sino que siempre se ha reconocido en ella una dimensión intangible, no material, de carácter espiritual, en el ser humano. Se ha denominado de distintos modos, pero no es una moda en las antropologías de San Agustín, de Ireneo, de Santo Tomas, de San Buenaventura, de Raimundo Lulio y de muchos otros. En las grandes antropologias de corte judeo-cristiano, se contempla el reconocimiento de una dimensión espiritual en el ser humano que se puede cifrar de maneras muy distintas.

Generalmente, se ha utilizado la expresión psique del griego; anima del latín y alma en español para denominar esa dimensión intangible del ser humano. Puede denominarse de distintas maneras, pero en cualquier caso no es una novedad en el pensamiento de la tradición judeocristiana. Lo es en la sociedad materialista. En esta sociedad, aparece, frecuentemente, como una moda que es siempre frecuente en contextos muy caóticos. El ciudadano de un mundo invertebrado parece tener necesidad de recogimiento y de reencuentro consigo mismo. La emergencia de lo espiritual tiene que ver con la crisis del pensamiento utópico y la percepción del mundo como un todo caótico.

 

2. Meditaciones en torno al concepto de necesidad

Dicho esto, empiezo por la primera parte del titulo, tratando de aclarar lo que es una necesidad, para luego referirme a una tabla de doce necesidades de tipo espiritual.

El concepto necesidad remite, en el fondo, a la naturaleza de un ser carencial, que tiene una naturaleza carencial, es decir que no tiene la plenitud en si mismo, que no es autosuficiente. Una cosa es ser autónomo y otra cosa, muy distinta, es ser autosuficiente. Podemos aspirar a tener cuotas de autonomía, debemos de aspirar a tenerlas, pero lo que es inaudito y, ademas, desproporcionado para el ser humano, es aspirar a la autosuficiencia. No somos autosuficientes, ni lo es el hombre adulto, ni por supuesto el niño o el joven.

La autosuficiencia es un mito que no esta al alcance de la condición humana, porque ser carencial es lo definitivo del ser humano. Eso significa que para subsistir tenemos que resolver un cuadro de necesidades. No se trata de resolverlas para ser mejores, sino simplemente para subsistir, para mantenerse en el ser. Debemos resolver necesidades de orden muy distinto que naturalmente se pueden tabular.

En este sentido, se puede hablar de necesidades primarias, de necesidades secundarias, de necesidades materiales y también, por que no, de necesidades espirituales.

Dije en la introducción que me refería a las herramientas y aquí me refiero a la primera herramienta desde la que analizo esta dimensión del ser humano, como ser carencial. Se trata de poner a colación una de las aportaciones mas lucidas de la filosofa de Vélez, María Zambrano, en dos de sus obras: El hombre y lo divino o Claros del bosque. Esa filosofa extraordinaria, discípula de Xabier Zubiri y también de Jose Ortega y Gasset, define al ser humano como un ser carencial, como alguien que siempre tiene que resolver necesidades. Siente la necesidad de comer, de dormir, de sentirse amado, de tener identidad, de Dios... es, en definitiva, un conglomerado de necesidades. Propiamente, se refiere al ser humano como homo mendicans.

Este dato es fundamental, sobre todo teniendo en cuenta que hay antropologias que han olvidado ese rasgo esencial del ser humano que es el ser carencial. En estas, no tiene sentido hablar de necesidades, ni tampoco, por supuesto, de necesidades espirituales. Como dice Zambrano, la carencia no es un rasgo de algunos seres humanos, sino que la mendicidad es consubstancial al ser humano.

Todos somos mendigos, pero mendigamos cosas distintas. Podemos mendigar de distintas maneras, pero el ser mendigo, la mendicidad es ese rasgo fundamental del ser humano.

Otro elemento clave: este ser carencial tiene necesidades, pero estas necesidades pueden desarrollarse en dos tipos: las de orden natural y las de orden artificial. El ser humano tiene necesidades naturales y necesidades que el siente como necesarias, pero que han sido objeto de una interiorización por parte de la cultura o de los medios de comunicación de masas. Realmente, el ser humano es un ser de necesidades, pero tiene muchas mas necesidades de las que realmente tendría como consecuencia del influjo de la cultura y de los medios de comunicación social. En este universo en el que vive, se le plantean una serie de necesidades que son totalmente artificiales, pero que se acaban considerando como vitales.

Estas necesidades que se ven como vitales, pero no lo son, son el fruto de una cultura consumista, de una cultura fundada en el tener y en el artificio. Son, en definitiva, la respuesta a estímulos que hemos recibido de orden mediático o cultural. En este sentido, hemos creado muchas necesidades que enajenan nuestras vidas. Las necesidades de orden espiritual emergen de la interioridad de la persona, aunque se articulan en cada contexto según la cultura y la tradición del lugar donde se ubica la persona. No se pueden considerar necesidades orden artificial, porque se hallan de modo transversal en todas las culturas humanas, aunque tienen expresiones muy diferentes en cada una de ellas.

La necesidad, por ejemplo, de orar, se puede ubicar claramente dentro del cuerpo de este tipo de necesidades espirituales. La necesidad de encararse a un tu eterno, a un tu mas alla del tu horizontal es una necesidad que emerge en el ser humano, aunque algunos filósofos consideran que esta necesidad es fruto, también, de una educación y que, por lo tanto, es artificial en la persona. El debate es muy serio, porque en él está en juego, la definición de persona y el valor de la indigencia espiritual. Arthur Schopenhauer afirma, por ejemplo, que la necesidad religiosa es un artificio, mientras que otros autores, de gran relieve, como el mismo Víktor Frankl, afirman que la necesidad religiosa es intrínsecamente humana, que emerge del ser humano. El autor de este texto se ubica en esta segunda posición, aunque admite el valor que tiene el acto educativo en el desarrollo y el cultivo de dicha potencia humana.

La necesidad espiritual es intrínsecamente humana, pero tiene manifestaciones culturales muy distintas. Hay un mosaico de expresiones de las necesidad espirituales, pero mas alla de ellas, se observa una extraña raíz común entre los distintos seres humanos. Somos muy distintos, de color, de raza, de lengua, de tradición, de cultos, de ritos, pero hay una extraña raíz común entre los distintos seres humanos. Esta raíz común podría ser la necesidad espiritual que, se contempla de formas muy distintas en el plano de las culturas. En las culturas laicas también puede expresarse esa necesidad de lo espiritual, aunque fuese a través de lo que Peter Berger denomina la religión invisible, de un modo ajeno a los cánones habituales.

 

3. El ser humano, como ser carencial

El ser humano, tal y como se ha dicho, es un ser carencial, capaz de necesidades de orden natural y de orden artificial. Pero, ademas, es un ser que cuando experimenta la infírmitas, la enfermedad, su cuadro de necesidades se altera profundamente.

La enfermedad no es un dato accidental en el periplo biográfico, no es algo irrelevante. Pedro Laín Entralgo en la Antropología Medica para clínicos, dice que la enfermedad no se puede reducir a la categoría de accidente, puesto que el accidente es irrelevante en la estructura de la persona, mientras que la enfermedad genera una autentica desestructuración de la persona. Estar enfermo no es algo accidental, y sobre todo cuando uno padece determinadas enfermedades. Lo que se tiene que pensar es como se altera la jerarquía de necesidades espirituales como consecuencia de la experiencia de la enfermedad.

Hay necesidades que están en un estado latente, pero que, como consecuencia de la experiencia de enfermedad, emergen con fuerza. La necesidad de orar, por ejemplo, puede estar en estado latente, pero puede haber una experiencia del orden que sea, que haga que esta necesidad que estaba en un estado latente emerja en el primer piano de la vida consciente. Puede ocurrir con la necesidad de orar, pero también con la necesidad de silencio, de símbolo, o de sentido.

Por lo tanto, se debe analizar cómo emergen las necesidades latentes que ya estaban, pero que afloran a la superficie como consecuencia de esta experiencia de la enfermedad. Eso no ocurre solo con la enfermedad, sino también en relación con otras experiencias como, por ejemplo, la de la paternidad. La necesidad que uno tiene de pensar por él y por sus intereses se transforma en una necesidad de orden colectivo. En tanto que padre, tengo que pensar en otro ser que es vulnerable y que depende fundamentalmente de mi.

A lo largo de nuestro periplo vital vivimos experiencias que alteran nuestras necesidades, también las de orden espiritual. Por ello, no soy partidario de elaborar un cuadro estático de necesidades, sino, mas bien, un cuadro dinámico, en el que las necesidades se alteran o se modifican en función de las experiencias que vivimos a lo largo del trance biográfico.

El hombre enamorado, por ejemplo, tiene unas necesidades que no tiene el que no esta enamorado. Tiene, por ejemplo, la necesidad de la presencia del otro, de verle, de oírle de estar con el otro. Se vive con dolor la ausencia de la persona amada.

Cuando uno está enamorado, siente la necesidad de gustar al otro, de seducir al otro

Hay un tipo de necesidades que no estaban en nuestra vida, pero que aparecen como consecuencia de una nueva experiencia. Mejor dicho: sí que estaban, pero de modo latente, y posteriormente, afloran a la superficie.

El ser humano es carencial, pero esto no lo explica totalmente, porque, ademas de carencial, es un ser capaz, a través del ingenio, de resolver el cuadro de necesidades, aunque sea provisionalmente. Si fuéramos solo seres carenciales difícilmente hubiéramos sobrevivido a la lucha de las especies. Somos carenciales, pero disponemos de una inteligencia práctica, que es la capacidad de anticipar necesidades, de preveerlas y de preocuparnos de ellas antes que se manifiesten.

Voy a plantear doce necesidades que se podrían ubicar dentro de lo espiritual, entendiendo lo espiritual como lo no tangible, como lo no cósico, como aquella necesidad de orden intangible que emerge del ser humano, como una necesidad que no tiene directamente una razón en el soma.

 

4. Cuadro de necesidades espirituales. Primer esbozo

4.1. Necesidad de sentido

El ser humano siente la necesidad de dar sentido a su vida, a su existencia. No tiene bastante con estar, o con subsistir, o con permanecer en el ser, sino que, ademas de ser, desea permanecer en el ser con sentido. Y si detecta que esa permanencia no tiene sentido, que vivir carece de sentido, que es algo absurdo, estúpido, insulso; puede, incluso, desear no ser, hacerse nada.

Esta necesidad de sentido, es necesidad de orden espiritual y se puede alumbrar de muchas maneras. La necesidad de sentido puede hallar su respuesta en distintas tradiciones, ya sean de orden inmanente o trascendente, pero lo que une a los seres humanos en tanto que indigentes espirituales, es la sed de sentido.

4.2. Necesidad de reconciliación

El ser humano siente la necesidad de reconciliarse, de cerrar el circulo de su existencia y vencer el resentimiento. Tiene necesidad de curarse de resentimiento y para la cura del resentimiento está el perdón. No hay otra forma de curarse del resentimiento que no sea a través del perdón, de la reconciliación. No cabe duda que esta necesidad, que es, en esencia, de orden espiritual, tiene expresiones de carácter afectivo y psicológico. Difícilmente puede encontrarse una serenidad interior, sin practicar la reconciliación.

Esta necesidad de reconciliación puede plantearse en un plano inmanente, pero también en un piano trascendente. El cuidador debe velar para que esta reconciliación tenga lugar, esto significa, que debe facilitar, cuando sea posible el acercamiento entre personas con el fin de propiciar entre ellas procesos de reconciliación. En las personas en situación terminal o crítica esta necesidad todavía se percibe con mas intensidad, precisamente porque como consecuencia de la proximidad a la muerte, se plantea en ellas con más urgencia la necesidad de reconciliarse, de resolver esos asuntos pendientes.

4.3. Necesidad de reconocimiento de la identidad

La necesidad de que la propia identidad sea reconocida y respetada es una necesidad de primer orden, que naturalmente también tiene connotaciones de orden psicológico y social. La necesidad de que no se vulnere mi identidad, de que no se aplaste mi identidad está muy presente en el ser humano, pero se pone de manifiesto cuando uno advierte sobre su persona procesos de disolución de la propia identidad y de los referentes vitales que configuran una existencia.

El ser humano no sólo tiene necesidad de conocer, sino de ser reconocido. Desea que se reconozca su identidad, lo que él es. Cuando esta necesidad no se reconoce correctamente, se vive de un modo muy violento la propia identidad. Esto también tiene que ver con las identidades colectivas. Cuando no se reconoce una identidad colectiva, se producen fenómenos que no deberían haberse producido jamás. En el plano personal la identidad tiene que ser reconocida. Cuando se desprecia la identidad del otro, el ootro se siente fundamentalmente humillado.

La necesidad de reconocimiento de una identidad implica respeto a los caracteres del otro. La identidad siempre se define por una constelación de rasgos, como la lengua, la religión, la condición sexual, la formación, los lazos afectivos, entre otros. Reconocer la identidad del otro significa tratar al otro como a tú, como a un sujeto que tiene nombre y apellidos, que es, por encima de todo, una persona, un ente singular, único e irrepetible en la historia. Resto significa que el trato anónimo, los procesos de despersonalización y la caída en la indiferencia son formas de no respetar la necesidad espiritual de reconocimiento de la propia identidad.

4.4. Necesidad de orden

El ser humano tiene necesidad de orden, de un cosmos en el espacio y en el tiempo. Somos seres espacio-temporales y el desorden influye negativamente en nuestra estructura vital. No cabe duda que los modos de entender lo que significa orden varían de una persona a otra, no solo culturalmente sino generacionalmente, pero cada ser humano siente la necesidad de vivir conforme a su orden y cuando se halla en un contexto donde no puede expresar, ni vivir conforme a ese cosmos personal, siente, con mucha intensidad, ese cosmos.

Tenemos necesidad de ordenar, de ordenar los acontecimientos de la vida, de ordenar las experiencias. No me refiero, solamente, a la necesidad de orden físico, que también influye en la persona, sino al orden de carácter interior. Sentimos la necesidad de ordenar los acontecimientos, las prioridades, los sentimientos, los recuerdos. Precisamente la patología es una forma de desorden, de caotización en todos lo sentidos. Cuando uno enferma, ese orden se desvertebra, se desestructura y, por ello, requiere de una intervención, cuyo fin sea el restablecimiento de aquel orden, no del orden del sujeto que cura.

Esta necesidad de orden es de tipo espiritual. De hecho, uno puede tener resueltas las necesidades primarias, pero sentir la necesidad de poner orden en su interior. Es muy difícil que una persona, de un modo solitario, se pueda reordenar. Por lo general, requiere de la intervención de otra, de la palabra y el consejo ajeno para reestructurar su propio mundo.

4.5. Necesidad de verdad

Platón, definió al ser humano como un ser que desea conocer la verdad, que siente la necesidad de conocer la esencia de las cosas. El hombre desea trascender el orden de las apariencias, siente el impulse de ir mas allá del fenómeno, comprender lo que son las cosas.

Esta necesidad se percibe con mucho intensidad cuando se trata de aclarar la propia realidad, lo que cada uno es realmente. El enfermo siente la necesidad de verdad, aunque no siempre está preparado para recibirla y, menos aún, para digerirla. El cuidador debe comunicar la verdad soportable, esto es, esa verdad que el enfermo puede comprender y asumir en su subjetividad.

Algunas veces, el propio sujeto no quiere conocer la verdad y, por eso, él mismo se protege por miedo a lo que esa verdad pueda revelarle.

El enfermo tiene derecho a saber la verdad que le atañe a él, pero también tiene el derecho a no estar informado, a permanecer en la ignorancia.

El cuidador no puede caer en el denominado encarnizamiento informativo, pero tampoco puede practicar la indiferencia frente al enfermo. Debe tratar de indagar porque ese enfermo no quiere conocer su verdad, que es lo que teme, y cómo ayudarle a superar ese temor frente a la verdad.

4.6. Necesidad de libertad

La necesidad de libertad se identifica, generalmente, con la de autonomía, pero la necesidad de libertad es mas amplia. El concepto de libertad es más exhaustivo, que el concepto de autonomía. Naturalmente, si no hay autonomía no hay libertad, pero la libertad desde la perspectiva de la liberación o de eso que San Agustín denominaba libertas, es una liberación de todas las ataduras de ego.

El ser humano tiene necesidad de liberarse, de liberarse de todo cuando le enajena y le mantiene en un estado subordinado. La necesidad de actuar libremente se ve muy limitada como consecuencia de la experiencia de la enfermedad, pero la posibilidad de liberarse de determinadas obsesiones o fijaciones internas es independiente de la enfermedad. Cuidar las necesidades espirituales de la persona implica responder a la necesidad de libertad, o mas concretamente, de liberación. Una práctica del cuidado que no sea liberadora, no es una práctica excelente del cuidado.

4.7. Necesidad de arraigo

La necesidad de arraigo se puede explicar como el deseo de pertenecer a algún tipo de comunidad. Es una necesidad de pertenencia. El ser humano, en tanto que animal político y social, establece vínculos a lo largo de su periplo vital y crea lazos afectivos. Cuando sufre la separación o la ruptura de estos lazos, percibe, con mucha fuerza, la necesidad de arraigo, de sentirse vinculado a una gente, a un pueblo, a una comunidad, a una familia.

Tendemos a echar raíces y sentimos la necesidad de estar con los nuestros. No somos seres desarraigados. Esta necesidad no sólo es de orden psicológico o social, sino también espiritual porque afecta a lo mas hondo e intangible del ser humano.

El ser humano siente necesidad de arraigo, especialmente en contextos que se caracterizan por el individualismo, el atomismo y la fragmentación. Esta necesidad todavía se percibe mas en contextos anónimos, vacíos, donde uno se siente como un extraño. En estas circunstancias, uno necesita, mas que nunca, su comunidad, el arraigo.

4.8 Necesidad de orar

La necesidad de orar es de orden espiritual y religioso. Se puede describir como la necesidad del Tú eterno, de una religación existencial con el Tú, para decirlo al modo de Xabier Zubiri.

Esta es una necesidad transversal en las religiones. Los fenomenólogos de la religión consideran que unos de los rasgos transversales de las distintas manifestaciones religiosas es, precisamente, eso que denominamos la oración. Esta necesidad de interlocución, de apertura a un Tú invisible y trascendente, no sólo se produce en el hombre institucionalmente religioso, sino también en el hombre cuando se enfrenta a su soledad y a su desamparo. Cuando mas intensa es la experiencia de la fragilidad del homo mendicans, tanto mas intensa se percibe la necesidad del Tú.

4.9. Necesidad simbólico-ritual

El ser humano produce símbolos. Los símbolos son esos artefactos que nos permiten decir lo que no podemos expresar con palabras. Jugamos con el símbolo y lo utilizamos en distintos contextos.

La necesidad de representación simbólica, además de cumplir con unas funciones sociales, es una necesidad de orden espiritual, que sobre todo se expresa cuando no podemos expresar experiencias muy hondas. Entonces necesitamos símbolos, artefactos y mediaciones para expresar lo que no expresamos verbalmente.

También sentimos la necesidad de ritos. El hombre es un animal ritual y siente la necesidad de conmemorar y celebrar las experiencias claves de su vida como el nacimiento o la muerte de un ser amado. Hay rituales fundamentales en el ser humano, no solo de orden religioso, sino también de orden no religioso. Lo observamos en sociedades muy secularizadas. La necesidad de ritualizar determinadas experiencias clave de la vida humana es una experiencia que tiene que ver con lo espiritual, aunque no necesariamente con lo religioso.

4.10. Necesidad de soledad-silencio

Don Miguel de Unamuno, en su extraordinaria obra titulada Soledad, distingue dos tipos de soledad: la soledad buscada y la soledad forzada. El ser humano siente la necesidad de estar solo, de huir de la sociedad, de abrir paréntesis, espacios y tiempo de soledad. Esta necesidad de soledad es fundamental para el equilibrio personal, la práctica de la meditación y la construcción consciente y reflexiva de la propia identidad.

La necesidad de soledad, de encontrarse con uno mismo, conduce al sujeto a un viaje sin retorno. Cuidar de una persona y atender a sus necesidades de orden espiritual, significa propiciar en ella esta experiencia de soledad si el enfermo la solicita. Lo que constituye un imperativo ético mínimo en toda práctica del cuidar es velar para que el otro no sufra la soledad forzada.

4.11. Necesidad de cumplir el deber

El ser humano siente la necesidad de cumplir con sus deberes. La persona sufre un malestar interior cuando percibe que no ha realizado sus obligaciones. Naturalmente, la experiencia del deber es muy subjetiva y cada ser humano la vive según su naturaleza, pero la necesidad de cumplir con el propio deber es una necesidad propia de un sujeto libre capaz de autodeterminarse y de regular la propia vida. Cuidar de una persona significa ayudarla a pensar y a articular fácticamente sus deberes. El enfermo moribundo experimenta paz si se acerca al trance final con la consciencia clara de haber cumplido con sus deberes a lo largo de su existencia. El enfermo que percibe que todavía debe llevar a cabo determinados actos antes del acto final, requiere de una atención para que pueda materializar dichos actos y morir en paz.

4.12. Necesidad de gratitud

Existe la necesidad de gratitud, que puede describirse como la necesidad de sentirse agradecido por lo que uno ha hecho. Es la necesidad de reconocimiento. El ser humano, como es frágil, tiene necesidad de gratitud, de agradecimiento. Necesitamos que nos digan gracias por lo que hemos dicho, por lo que hemos hecho, por nuestra labor en este mundo. Esta es una necesidad muy humana que afecta al plano espiritual, pero también al plano interpersonal.

No es fácil satisfacer esta necesidad, pero sí que es posible hacerlo cuando el cuidador sabe delante de quien está y después de una escucha atenta de su historia, es capaz de valorar algunos elementos de su existencia y hacerle ver al enfermo que su vida tiene valor, que ha merecido ser vivida, aunque sólo fuera por determinados episodios que él, a priori, no consideraba relevantes.

 

5. A modo de conclusión

Este cuadro de necesidades espirituales debe contemplarse en un sentido aproximativo, como un esbozo. A nuestro juicio, la cuestión de las necesidades espirituales no debe ser considerada como un residuo de carácter confesional que se trata de incrustar artificialmente en un mundo secularizado y laico, sino un rasgo antropológico universal. Todo ser humano, en tanto que humano, padece necesidades espirituales que debe resolver a lo largo de su periplo vital.

Este orden de necesidades puede expresarse de un modo explícito, pero también de un modo implícito. La manifestación y la intensidad de dichas necesidades varía según las circunstancias y según el estado evolutivo de la persona. Las necesidades espirituales, como las otras necesidades, mutan con el tiempo y no se perciben de igual modo a lo largo del periplo vital. Esto significa que un estudio mínimamente serio, reclamaría la investigación de estas necesidades en distintos momentos de la persona. Resulta evidente, de un modo intuitivo, que las necesidades espirituales de una persona moribunda no son las mismas que las que siente una persona joven en la plenitud de sus facultades.

Tampoco se expresan, de igual modo, las necesidades espirituales en la persona sana, que en la persona que padece una patología de orden mental. Con todo, el ser humano, en tanto que ser carencial, es un ser que tiene, por naturaleza, necesidades que debe resolver a lo largo de su existencia. Las necesidades de orden espiritual forman parte del cuadro de necesidades humanas y requieren, como cualquier otra necesidad, de la intervención adecuada, competente y profesional de quienes ejercen la labor de cuidar.