Homilía Santo Entierro del Señor - www.bizkeliza.org
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Viernes Santo. Entierro del Señor

Muy queridos hermanos y hermanas:

 

Celebramos hoy el misterio de la Pasión y Muerte del Señor. No podemos separar este hecho de la totalidad del misterio Pascual de Cristo, un misterio de entrega, de muerte y también de resurrección, de vida nueva.

 

Quisiera centrarme hoy en tres aspectos fundamentales para intentar profundizar en lo que hoy celebramos. En primer lugar, nos encontramos ante el misterio de la Persona del Hijo, de Jesucristo, que es Dios verdadero, hijo de Dios como rezamos en el credo y también hombre verdadero, como nosotros. Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero; Engendrado, no creado. Es la divinidad del misterio de Cristo y, por otro lado, su humanidad como la nuestra. Es uno de nosotros, uno de nuestra carne. El que Cristo sea al mismo tiempo Dios y hombre le permite que lo universal, que la historia de toda la humanidad se concrete también en su tiempo y en su historia entre nosotros, es decir, la pasión de Jesús que acabamos de escuchar no sólo es su pasión: en su pasión también está nuestra pasión, la de toda la historia de la humanidad, la de todos los tiempos. La pasión de Cristo continúa hoy en los que sufren y también en nosotros cuando sufrimos. Esto es para nosotros un motivo de gran consuelo porque ya se sufre de otro modo. No sufrimos solos. Alguien ha abrazado nuestro sufrimiento, nuestras pasiones. Y de este modo, el sufrimiento alcanza un sentido totalmente nuevo.

 

Hemos escuchado el relato de la pasión, un relato tremendo al que no nos podemos acostumbrar. Son los sufrimientos físicos terribles de Jesús, un hombre joven que muere con treinta y tres años que desde la víspera no había probado bocado, no le habían dado de beber. Sufre los latigazos de la flagelación, las bofetadas, la corona de espinas, pasar la noche preso sin dormir, el sufrimiento de ser clavado en la cruz, alzado durante tres horas en la agonía sufriendo una tremenda hipovolemia, falta de sangre en sus arterias y venas, muriendo asfixiado y extenuado en la cruz. En esos sufrimientos están nuestros sufrimientos físicos. Me gustaría traer en estos momentos a los hermanos que sufren enfermedad, que están en los hospitales, los que mueren de muerte violenta en accidentes de tráfico, en el trabajo o víctimas de tantas formas de violencia; todos estos aspectos físicos del sufrimiento son iluminados en la muerte de Jesús. En ellos están todos acogidos y abrazados. También los sufrimientos morales cuando sufrimos desprecios y tradiciones de los enemigos, o los más dolorosos, de los amigos o familiares, como Jesús traicionado por los discípulos, por uno de ellos. En ocasiones tampoco somos preferidos; tuvo que ser tremendo para Jesús cuando oyó: a quién preferís, ¿a Jesús o a Barrabás? Quizá pensáramos que en algún momento íbamos a ser preferidos en alguna cosa, llamados para algo y han llamado a otro... Y nos hemos revelado; nos hemos desilusionado. Continuamos con el juicio tremendamente injusto y falto de verdad tanto del Sumo Sacerdote como del cobarde de Pilatos. También nosotros hemos sufrido esa cobardía de la gente que no ha dado la cara por nosotros y que en un momento de debilidad, necesitando de alguien, no lo hemos encontrado. Cada uno piense sus propias pasiones y que sepa que esos padecimientos ya han sido abrazados, acompañados con una luz nueva que se desprende de esta pasión de Jesús. Cuando dentro de un momento vengamos a besar la cruz, a adorar a Quien cuelga de ella, demos gracias al Señor porque en esos brazos abiertos nos está siempre abrazando y sosteniendo.

 

El segundo aspecto que me gustaría destacar es el sufrimiento del justo. Cuando vemos cosas tremendas en los medios de comunicación; ayer, por ejemplo, en una universidad en Nigeria mataron a gratuitamente a ciento cuarenta y siete personas, por el mero hecho de ser cristianos. También vemos como mueren tantos niños de hambre, de violencia. Y la pregunta surge: ¿Dónde está Dios? Es el escándalo del sufrimiento del justo. ¿Por qué sufren los justos? Pero en la cruz, aquí tenéis a Jesús, el justo sufriente. No tenemos razones  para entender este tipo de sufrimiento, pero Dios nos da una respuesta: -Mirad a mi Hijo, Él que no cometió pecado. Centro de la saña y del odio de toda la humanidad. La respuesta a eso sufrimientos está en Cristo. Él nos dice: yo soy el justo, el justo traicionado. Yo también abrazo esas injusticias, esos inocentes, muertos de modo tan tremendo. Muertos en mí, y acogidos en mí.

 

¿Quién es la causa de estos sufrimientos? También nosotros. Antes hemos señalado que muchas veces hemos sido objeto de injusticias, pero también nosotros las hemos causado. ¿Cuántas veces nosotros hemos hecho daño a los demás? ¿Cuántas veces hemos pasado de largo sin atenderles? ¿Cuántas veces nos hemos peleado, rendido, escurrido el bulto ante los problemas? De nuestro corazón también ha salido el odio. Sí, odio, orgullo, desprecio, falta de misericordia... La causa de esos clavos y esa pasión de Cristo, Señor, soy yo también. Yo estaba ahí, en esos soldados, en ese Pilato, yo estaba con Herodes. Seguramente diría yo también cuando pregunto Pilato a quién preferís: - ¡A Barrabás. No tenemos más rey que al César! Hoy en día también vemos cuánta mofa de Jesús, de la fe cristiana... Se quiere hacer uno el gracioso, congraciándose con lo políticamente correcto, con lo más fácil: arremeter contra la fe. No tenemos más rey que el César, curiosamente el que nos saquea y nos somete. Todo esto ha sido limpiado, barrido, renovado por la muerte del Señor.

 

Vemos hoy este espectáculo inenarrable, como decía la primera lectura de Isaías "contemplaron algo inaudito". Mañana contemplaremos con fe cómo el amor vence a la muerte, cómo el amor vence el temor. El amor que abre el sepulcro. Cristo volverá glorioso a nuestra vida para llevarnos de la mano. Pero hoy es el día en que Cristo quiere descender a los infiernos, a nuestros infiernos, a nuestras soledades, a nuestros miedos, para anunciar su gracia y su luz.

 

A continuación haremos la oración universal por todas las necesidades de los hombres y mujeres del mundo y posteriormente adoraremos la cruz. Aprovechemos el momento para agradecer al Señor que haya abrazado nuestros sufrimientos y pedir perdón, que también he sido yo el soldado romano, Herodes y Pilatos, el pueblo burdo y vengativo. Y así, pedir humildemente perdón y abrirnos a su perdón y a su misericordia. Así acudimos hoy a Él, que en los brazos de la cruz quiso ser ese cauce de la misericordia y el perdón infinito de Dios. Acojámonos a esos brazos de amor, perdón y misericordia. Amén.

 

 

+ Mario Iceta