Directorio para las celebraciones dominicales en ausencia de presbítero

 

Secretariado Nacional de Liturgia. Subsidia Litúrgica n. 39 (1981)

 

 

PRESENTACIÓN

 

El Concilio Vaticano II, al tratar de los principios generales para le reforma y fomento de la sagrada liturgia, estableció la siguiente norma derivada del carácter didáctico y pastoral de la misma: «Foméntense las celebraciones sagradas de la Palabra de Dios en las vísperas de las fiestas más solemnes, en algunas ferias de Adviento y Cuaresma y los domingos y días festivos; sobre todo en los lugares donde no hay sacerdotes, en cuyo caso debe dirigir la celebración un diácono u otro delegado por el obispo» (SC 35, 4).

Con esta indicación el Concilio oficializa en la práctica pastoral común un tipo de celebración eclesial caracterizada por su sentido de catequesis litúrgica centrada en la experiencia comunitaria de la palabra de Dios. Y lo oficializa especialmente para aquellas comunidades locales, cuyas asambleas dominicales y festivas no pueden celebrar la Eucaristía por falta o ausencia obligada de sus ministros.

Así, este nuevo tipo de celebración es presentado también como una respuesta concreta a una determinada situación pastoral de emergencia. Posteriormente, la Santa Sede ha ido enriqueciendo esta respuesta del Concilio con la reinstauración del diaconado permanente y de los ministerios ordenados laicales, con la instauración de los ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión y la potenciación de la figura del catequista, sobre todo de adultos, para todas las comunidades locales (cf. las cartas apostólicas en forma de «motu proprio» de Pablo VI «Sacrum diaconatus ordinem», «Ad pascendum», «Ministeria quoedam», Instrucción de la Sagrada Congregación para la disciplina de los sacramentos «Inmensae caritatis», las exhortaciones apostólicas de Pablo VI «Evangelii nuntiandi» y de Juan Pablo II «Catechesi tradendae»).

Obispos de diversas naciones han aplicado esta respuesta del Concilio a aquellas comunidades locales de sus diócesis en las que, a su juicio, se daban realmente las condiciones para ello. Ellos siguen de cerca esta experiencia, y no pocos la han iluminado con la oportuna publicación de documentos pastorales individuales y colectivos.

El mismo Santo Padre Pablo VI dirigió estas palabras a un grupo de obispos franceses en cuyas diócesis se celebran estas asambleas:

«Vosotros afrontáis también el problema de las asambleas dominicales sin sacerdote en los medios rurales, donde el pueblo forma una cierta unidad natural para la vida y la oración, y que sería peligroso abandonarlo o dispersarlo. Nos hacemos perfectamente cargo de las razones y las ventajas que se pueden derivar de ello para la responsabilidad de los participantes y la vitalidad del pueblo. El mundo actual prefiere estas comunidades de talla humana, a condición, evidentemente, de que sean suficientemente nutridas, vivas y lejanas al espíritu de "ghetto".

Nos os decimos, pues: proceded con discernimiento, ¡pero sin multiplicar este tipo de reuniones, como si se tratasen de la mejor solución y de la última posibilidad!

Ante todo, vosotros estáis convencidos de la necesidad de elegir juiciosamente y de preparar a los animadores, seglares o religiosos, y así, a ese nivel, el cometido del sacerdote aparece de capital importancia; por otra parte, el objetivo debe seguir siendo la celebración del sacrificio de la misa, única verdadera realización de la Pascua del Señor.

Y sobre todo pensemos bien que estas asambleas del domingo no podrán ser suficientes para reconstruir comunidades vivas e irradiantes, en un contexto de población poco cristiana o en proceso de abandonar la práctica dominical. Habría que crear al mismo tiempo otros encuentros de amistad y reflexión, grupos de formación cristiana con la participación de sacerdotes y de seglares más formados que ayuden al entorno inmediato a trabar relaciones de caridad y a mejor tomar conciencia de las propias responsabilidades familiares, educativas, profesionales y espirituales» («La Documentaron Catholique», 17 de abril de 1977).

El Secretariado Nacional de Liturgia, respondiendo a las peticiones que se le han dirigido en orden a ofrecer material para estas celebraciones, presenta, con la aprobación de la Comisión Episcopal Española de Liturgia, el siguiente ritual para ellas. Su introducción en las comunidades de algunos pueblos corresponde, pues, al discernimiento del ordinario diocesano y hay que tener presente que su puesta en práctica supone la planificación y revisión de otras facetas no estrictamente litúrgicas. Estas celebraciones dominicales en ausencia de sacerdote suponen toda una labor pastoral de conjunto en las zonas o vicarías episcopales y aun en las diócesis.

A este propósito merece destacar la catequesis de adultos, la pastoral vocacional para el presbiterado y una mejor redistribución de los sacerdotes en las diócesis (cf. el documento de la Sagrada Congregación para el Clero «Normas para una mejor distribución del clero en el mundo», 25 de marzo de 1980).

Confiamos, finalmente, que estos esquemas de celebración ayuden a nuestras comunidades cristianas, especialmente las rurales y al amplio mundo del Apostolado del mar, a revalorizar la asamblea festiva y sus diversos ministerios.

 

Madrid, 30 de noviembre de 1980

 

Narciso, Card. JUBANY

Arzobispo de Barcelona

Presidente de la Comisión Episcopal de Liturgia

 

 


 

 

OBSERVACIONES GENERALES PREVIAS

 

1. En algunas circunstancias y lugares es difícil asegurar la celebración eucarística los domingos y fiestas de precepto. La falta de sacerdotes imposibilita que las parroquias más pequeñas y los centros de culto de población reducida puedan ser atendidas debidamente.

2. Dado que esta realidad pastoral puede acrecentarse en el futuro, ha parecido conveniente elaborar y publicar «ad experimentum» el presente Ritual, teniendo en cuenta el modelo y experiencias de otras Comisiones Episcopales Nacionales.

 

I.- EL DIRECTOR DE LA CELEBRACIÓN

3. El que dirige una celebración en ausencia de sacerdote, en ningún momento debe dar la impresión de que suplanta al sacerdote.

4. Si no es diácono, prescindirá del uso de vestiduras sagradas; no ocupará la sede ni saludará a los fieles con las palabras rituales: «El Señor esté con vosotros.»

5. El que dirige la celebración aparecerá ante los fieles como delegado del sacerdote responsable de la parroquia o comunidad. Deberá hacerlo constar, si es preciso, en las palabras de saludo.

6. El sacerdote responsable de la parroquia o comunidad deberá explicar a los fieles cuál es el cometido del director de la celebración, para evitar posibles confusiones.

7. El director de la celebración (o los posibles directores que pudieran turnarse) deberá estar convenientemente adiestrado sobre el ministerio que se le confía y dispondrá del presente Ritual y del leccionario correspondiente en su edición oficial o, en su defecto, en cualquiera de las ediciones de misales para fieles.

8. La celebración tendrá dos partes, precedidas del RITO DE ENTRADA y del RITO DE DESPEDIDA.

 

II.- LITURGIA DE LA PALABRA

9. Se desarrolla según las normas vigentes, con las posibles convenientes adaptaciones por razones pastorales previstas en el Ordo Missae.

10. Después de las lecturas se prevé que el director de la celebración puede leer:

  • La homilía escrita por el sacerdote responsable de la parroquia o comunidad.
  • Algún comentario homilético tomado de publicaciones especiales o de la prensa diaria.

11. Puede también subrayar de palabra algunas frases de las lecturas, proponiéndolas a la consideración de los fieles. También se pueden leer los comentarios que encabezan las lecturas en los leccionarios manuales.

12. En todo caso debe seguir un momento de silencio.

 

III.- LITURGIA DE LA DISTRIBUCIÓN DE LA EUCARISTÍA

13. Se sigue el Ritual para la distribución de la Eucaristía fuera de la misa.

14. Se ha previsto -inmediatamente antes de la oración del «Padre nuestro»- una plegaria de acción de gracias (diversos formularios a elegir), semejante en su estructura a las plegarias contenidas en algunos rituales, v. gr.: plegarias de bendición del agua en el ritual del bautismo, plegaria de bendición del óleo en el ritual de la unción de los enfermos. Se evita toda posible confusión con las plegarias eucarísticas.

 


 

 

LAS ASAMBLEAS DOMINICALES, SIN MISA

 

Nota pastoral de Mons. Pedro M. Puech., Obispo de Carcasona

(«B.O de la Diócesis», 13 diciembre 1979)

 

1. Ya antes los sacerdotes, al ser pocos para celebrar la misa en todas las iglesias cada domingo, habían señalado ciertos «centros» donde invitaban a los fieles a concentrarse. Y ahora la escasez, cada vez más grande, de sacerdotes, que aún será más notable en los próximos decenios, obliga a los fieles a tener estas asambleas dominicales sin su pastor. ¿Esto es legítimo, es deseable?

Hace ya cuatro años Pablo VI había respondido a los obispos de Francia, que le habían hecho la pregunta:

«Proceded con discernimiento, pero sin multiplicar este tipo de reuniones como si se tratase de la solución mejor y de la última posibilidad».

¿Cómo hacer este discernimiento? En su respuesta, el Papa pide salvar todas las razones, unidas al mismo tiempo las unas a las otras, de manera que no quede ninguna sacrificada:

  • importancia de la asamblea dominical,
  • pero también importancia esencial de la misa;
  • importancia de la responsabilidad de los seglares,
  • pero también importancia de la misión específica del sacerdote.

 

No hay Iglesia sin asamblea dominical

2. La Iglesia: un pueblo que se reúne cada domingo.

Sin duda, los cristianos están llamados a vivir en el mundo. No llevan otra vida que la de sus semejantes; la llevan de manera distinta, es decir, en la fe, en la esperanza y en la caridad. Pero es difícil estar presente en el mundo sin ser «del mundo». Los cristianos no están ausentes de él, están presentes de otra manera; ellos están comprometidos, pero sin componendas; ellos no pueden continuar siendo tales sin reunirse. La Iglesia: la palabra indica a cuantos están «llamados, convocados» por la Palabra de Dios, «reunidos» en el nombre del Señor. Y no por el gusto de estar juntos, sino para alabar al Padre, por medio de Cristo, en el Espíritu y para recibir una misión que los envía a los hermanos.

De este modo, la reunión ayuda a los cristianos a permanecer fieles a su vocación en el mundo. Más aún, «la asamblea es constitutiva de la Iglesia.

Ella es la Iglesia que acoge a su Señor y que se manifiesta como la Iglesia de Cristo. La asamblea forma parte de la definición de la Iglesia como sacramento de salvación en Jesucristo para todos los hombres. La Iglesia anuncia esta salvación realizándola, o sea, reuniendo a los hombres, haciéndoles vivir, por lo menos de vez en cuando, la asamblea» (Mons. Coffy).

3. He aquí por qué el precepto dominical, antes de ser obligación de ir a misa, ha sido siempre considerado por la Iglesia como la necesidad de participar en la asamblea. Necesidad vital, mayor que la de una simple obligación disciplinar. Necesidad imperiosa de que cada cristiano se alimente y de que la Iglesia sea «signo». «Ninguno disminuya la Iglesia dejando de participar en la asamblea, ninguno prive de un miembro al Cuerpo de Cristo» (Didascalia Apostolorum). Por eso los cristianos no deben privar a sus hermanos de su presencia en la asamblea dominical. El domingo es el día del Señor, por eso ellos consagran juntos este día al Señor. Convocados por Cristo, revelan al mundo que la Iglesia es una asamblea fraterna. Tengan o no ganas, les suponga o no dificultad, el domingo se encuentran con sus hermanos para alimentarse juntos y profesar unidos la propia fe. Donde falte el sacerdote, los cristianos no quedan por eso dispensados de reunirse el domingo. No pueden participar en la misa, pero permanece el compromiso de reunirse en asamblea.

 

La misa del domingo

4. Que se celebre la misa en la asamblea dominical es lo normal. La misa da a la asamblea su significado pleno, su total eficacia. El día del Señor, la asamblea del Señor, el sacrificio del Señor: todo forma una unidad. Para vivir según el espíritu del Señor, el cristiano tiene necesidad de celebrar con los hermanos el día del Señor, participando unidos en la cena del Señor. Sería, pues, un error valorizar la asamblea dominical sin el sacerdote, oscureciendo la importancia de la misa. La participación en el sacrificio eucarístico, que supone normalmente la comunión, es mucho más fructuosa que una comunión fuera de la misa.

5. Esta convicción puede llevar a verdaderos casos de conciencia: por ejemplo: «A mí me es fácil ir en coche a una iglesia donde se celebra la misa; pero en la de mi barrio la comunidad se reúne sin el sacerdote. ¿Dónde debo ir?...» Cada uno tiene que responder según su conciencia y según sus posibilidades, teniendo en cuenta tanto la importancia y el valor de la misa como la importancia de la asamblea para una comunidad local.

6. En cualquier caso, donde no se celebre la misa, hay que evitar toda ambigüedad: la celebración no debe ser una deformación de la misa. En ella deben darse los elementos habituales en una asamblea eclesial: acogida, escucha de la  Palabra de Dios, respuesta a Dios a través del silencio contemplativo, la alabanza y el canto, la acción de gracias, la oración de petición, el cuidado de los signos; el envío misionero. Pero no se debe imitar servilmente la liturgia de la misa, de modo particular, no se deben usarlas plegarias Eucarísticas, que corresponden propia y exclusivamente al sacerdote.

 

Ninguna iglesia, sin sacerdote

7. El papel del sacerdote no se puede usurpar. Cuando él está presente, la asamblea está verdaderamente orientada a Jesucristo, puesto que él está en el puesto de Cristo. Estando ausente es más difícil manifestar que Cristo está presente en la asamblea, y que, mediante el poder de su espíritu, actúa en ella.

8. La comunidad no podrá nunca sustituir al sacerdote, el cual ha recibido de Cristo su misma misión y poder. El representa a Cristo en el anuncio de la Palabra, en la celebración del sacrificio, en la administración de los Sacramentos, en el gobierno pastoral de la comunidad. Por eso, aun sin el sacerdote, la asamblea dominical no puede estar separada de él. No existe Iglesia sin el sacerdote. Un grupo informal, por sí mismo, no es la Iglesia. Y no puede darse él al sacerdote, del que tiene necesidad: el sacerdote es un don de Dios a los hombres, y no el delegado de una comunidad.

9. De aquí se sigue, aunque el sacerdote no pueda estar presente el domingo con los cristianos de su barrio, que ellos no se reúnan sin ponerse de acuerdo con él, y sin preparar con él la celebración dominical.

Para que no deje de ser asamblea de la Iglesia, esta celebración debe estar en relación con el sacerdote, que es el que tiene la misión de «convocar» al pueblo que le ha sido confiado; ella debe resaltar también su relación con una misa celebrada anteriormente en aquel lugar o con una misa celebrada el mismo día en otra iglesia de la zona.

10. Todo ello quiere decir que estas asambleas dominicales, como solución, serán siempre un mal menor a la hora de hacer frente a la escasez de sacerdotes. Que es lo mismo que decir que no debemos desinteresarnos de la promoción de las vocaciones sacerdotales...

 

«Todos, responsables»

11. El hecho de que los sacerdotes, indispensables siempre, no sean hoy tan numerosos, ¿quién sabe no sea para que, permitiendo el Señor esta prueba, pueda y quiera hacer que los seglares tomen conciencia y asuman todo su cometido en la Iglesia?

Demasiado tiempo los seglares han estado pasivos dejando al sacerdote todos «los ministerios», incluso aquéllos que en virtud del bautismo y de la confirmación están llamados a ejercer.

12. De este modo, la asamblea dominical sin sacerdote puede ser una posibilidad para la Iglesia en las zonas rurales: servir a la conservación e incluso reconstrucción del cuerpo eclesial. Hay que descubrir el valor de esta posibilidad.

13. Ante todo, se necesita que un equipo de animadores -y no solamente una religiosa, una persona muy vista, un experto- prepare estas celebraciones con el sacerdote responsable. Cuanto más se consiga confiar estas asambleas a un grupo y no a una persona, tanto más se ayudará a este equipo en su cometido, y con mayor seguridad la asamblea tomará el aspecto que le corresponde.

14. Y es mejor no empezar con aquellos cristianos que no vayan a aportar ningún testimonio especial en sus vidas cotidianas. O sea, que es necesario contar con «militantes» de un movimiento apostólico, y no sólo con técnicos más o menos competentes en el campo de la lectura en público, del canto coral, de la liturgia, de la animación de grupos.

En otras palabras, el futuro de la experiencia de estas asambleas está unido al resurgir de un laicado apostólico. De hecho ha sido con personas sostenidas por movimientos, como la ACGF o el CMR, donde se ha perseverado con algún fruto.

15. La dirección de estas asambleas requiere también que su equipo responsable reciba una formación adecuada. En ello trabaja activamente la Comisión Diocesana de Pastoral Sacramental, bajo la responsabilidad de su presidente y del vicario episcopal de pastoral rural.

16. Por último, y hay que insistir en ello, estas asambleas no serán quizá necesarias en todos los sitios, pero en todos es necesario confiar a los seglares responsabilidades sin esperar a que falte el sacerdote.

Todo sacerdote debe preguntarse: «¿Mientras estoy yo presente tengo interés en dejar a los seglares preparados y ejerciendo todos los servicios que, como sacerdote, no son específicamente míos (acogida, equipo de lectores, intervenciones en la oración de los fieles, elección y animación del canto?).»

Uno de nuestros sacerdotes, que ya Dios ha llamado, previendo su larga ausencia por enfermedad, solía decir a sus catequistas que han aprendido la lección: «Preparaos mientras estoy yo; uno no aprende a nadar cuando se está ahogando».

 

Conclusión

17. He aquí, pues, los valores y límites de la asamblea dominical sin sacerdote. No hay que hacer de ella la panacea que excuse de la misa, donde la misa sea posible. No se trata siquiera de una suplencia de sacerdote, sustituido más o menos bien por seglares. Se debe simplemente considerar la importancia de la reunión, siempre necesaria de la comunidad cristiana, cuerpo visible del Señor, cuando la misa no es posible. Y hay que ver en ello una de las posibilidades de que los seglares ejerzan su responsabilidad con miras a que las ejerzan mejor en toda su vida.

Por otra parte, ¿no es esto lo que ya decía Pablo VI a los obispos franceses?

«Proceded con discernimiento, pero sin multiplicar este tipo de reuniones, como si se tratasen de la mejor solución y de la última posibilidad.

Ante todo, vosotros estáis convencidos de la necesidad de elegir juiciosamente y de preparar a los animadores, seglares o religiosos, y así a ese nivel el cometido del sacerdote aparece de capital importancia; por otra parte, el objetivo debe seguir siendo la celebración del sacrificio de la misa, única verdadera realización de la Pascua del Señor.

Y, sobre todo, pensemos bien que estas asambleas del domingo no podrán ser suficientes para reconstruir comunidades vivas e irradiantes, en un contexto de población poco cristiana o en proceso de abandonar la práctica dominical. Habría que crear al mismo tiempo otros encuentros de amistad y reflexión, grupos de formación cristiana con la participación de sacerdotes y de seglares más formados que ayuden al entorno inmediato a trabar relaciones de caridad y a mejor tomar conciencia de las propias responsabilidades familiares, educativas, profesionales y espirituales».